IA, la hiperregulación que frena la innovación
Europa regula lo que aún no entiende, convirtiéndose en un continente normativo pero no tecnológico
(Imagen: OCU)
IA, la hiperregulación que frena la innovación
Europa regula lo que aún no entiende, convirtiéndose en un continente normativo pero no tecnológico
(Imagen: OCU)
Antes de leer este artículo es conveniente recordar la frase que frecuentemente recordaba el Dr. José Juan Pintó Ruiz, diciendo que “el buen Derecho no se inventa se descubre”; y también la obra del gran historiador del Derecho, el profesor de Historia del Derecho de la Universidad de Barcelona, Dr. Font Rius, cuando señalaba la importancia de la costumbre secundum legem o costumbre convalidada por el Derecho.
Un continente que legisla primero y piensa después
Europa presume de ser pionera en regulación tecnológica: Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), DSA, DMA, y ahora el AI Act, el Reglamento más ambicioso y restrictivo sobre inteligencia artificial del mundo. El problema no es la intención, sino el método: Europa legisla lo que aún no conoce, regula antes de comprender, limita antes de investigar y sanciona antes de que exista mercado.
Mientras Estados Unidos y China avanzan con ecosistemas de innovación imparables, la Unión Europea se ha convertido en un gigante normativo que camina con paso firme hacia la irrelevancia tecnológica.
El AI Act: la última frontera de la sobrerregulación preventiva
El Reglamento (UE) 2024/1689 establece, entre otras obligaciones, una especialmente polémica: todo contenido generado o asistido por IA, aunque sea mínimo, deberá declararse expresamente a partir de 2026.
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Esto significa que un texto, imagen, vídeo, correo, informe o presentación en cuya creación haya intervenido la inteligencia artificial, incluso parcialmente, deberá etiquetarse. Una intervención tan pequeña como una frase sugerida, una corrección automática o un ajuste inteligente sería, jurídicamente, suficiente para activar la obligación.
Europa convierte así el uso de IA en una especie de pecado que debe confesarse, algo paradójico en un continente que supuestamente pretende fomentar la digitalización.

(Imagen: OCU)
Un requisito técnicamente imposible
El legislador parece desconocer cómo funciona la IA moderna. Hoy, prácticamente todos los servicios incluyen inteligencia artificial integrada: correctores gramaticales, autocompletado, filtros de imagen, asistentes de escritura, motores de recomendación, buscadores, procesadores de texto, redes sociales, etc.
¿Debe un artículo ser etiquetado porque Word corrigió una coma? ¿O un informe jurídico porque ChatGPT propuso una estructura? ¿O una foto porque el móvil ajustó automáticamente la luz?
El problema es evidente: el etiquetado universal es técnicamente inviable, conceptualmente confuso y jurídicamente absurdo.
Un estigma innecesario que perjudica al creador europeo
Con esta obligación, la UE marca una frontera artificial: el contenido “humano” es legítimo y auténtico, mientras contenido “generado con IA” es sospechoso, manipulado e inferior.
Y este estigma perjudica a periodistas, abogados, creativos, empresas, autónomos, start-ups tecnológicas, e incluso, a instituciones públicas que usan IA para mejorar eficiencia.
En un mercado global donde EE.UU. y China no imponen esta obligación, imponerla en Europa es competir con las manos atadas a la espalda.
Un principio jurídico mal planteado: la responsabilidad ya existe
El pretexto del legislador es “garantizar responsabilidades”, pero jurídicamente es insostenible, el responsable siempre es el autor o la empresa que firma.
El artículo 1902 del Código Civil, el DSA y toda la doctrina de responsabilidad dejan claro que: sí un texto generado por IA difama; si una imagen manipula; si un vídeo induce a error; o si un informe contiene falsedades, responde el ser humano, no el algoritmo.
Por tanto, obligar a declarar que se ha usado IA no añade responsabilidad jurídica, solo burocracia y confusión.

(Imagen: Comisión Europea)
Europa vs. el mundo: una brecha que se agranda
Estados Unidos
Innova primero, regula después. Silicon Valley funciona precisamente porque el legislador permite experimentar. La regulación llega cuando hay daño contrastado.
China
Innova mientras regula, pero con un objetivo de control político, no de freno económico. Sus empresas escalan sin trabas y conquistan mercados globales.
Europa
Regula primero, innova si puede, pero no puede. Las obligaciones llegan antes que la tecnología, antes que la industria y antes que el mercado.
Europa no tiene ningún gran modelo de IA propio, ninguna plataforma global, ningún gigante tecnológico equiparable a los estadounidenses ni capacidad industrial para competir con Asia.
Eso si, sí tiene: la normativa más estricta del planeta, las sanciones más altas, el compliance más complejo, y el ecosistema de innovación más pequeño del mundo desarrollado.
Somos líderes en regulación, pero seguidores en innovación.
El Derecho llega después de la realidad, no antes
El Derecho nació para ordenar realidades existentes, no para inventarlas. Europa ha invertido ese principio: regula futuros hipotéticos, riesgos imaginarios y problemas aún inexistentes y las consecuencias son devastadoras: las grandes tecnológicas evitan establecerse en Europa; las startups no pueden asumir el coste regulatorio; los inversores prefieren Estados Unidos o Asia; los creadores europeos compiten en inferioridad de condiciones; y la UE se vuelve tecnológicamente dependiente de quienes sí innovan.

(Imagen: Comisión Europea)
La hiperregulación no protege: empobrece
En resumen, Europa defiende tanto al ciudadano que impide que acceda a la tecnología que disfrutan los demás la obligación de declarar el uso de IA es un ejemplo perfecto del error europeo: solucionar problemas teóricos con restricciones reales que perjudican al mercado.
Europa regula para proteger al usuario, pero termina privándole de los avances que sí llegan a Estados Unidos y China; protege al creador impidiéndole crear libremente; protege la transparencia creando opacidad burocrática; protege la innovación reduciendo su viabilidad.
Europa se arriesga a convertirse en algo muy peligroso: un ecosistema regulado sin industria, controlado sin tecnología, ético pero irrelevante.
La pregunta que debería hacerse el legislador europeo es simple: ¿Queremos liderar la ética sin tecnología, o la innovación con responsabilidad? Mientras no responda, la UE seguirá siendo lo que es hoy: líder mundial en regulaciones y cola mundial en innovación.


