La falsa comodidad de la inteligencia artificial en la práctica del abogado
"Se trata de no perder el control del proceso intelectual"
(Imagen: E&J)
La falsa comodidad de la inteligencia artificial en la práctica del abogado
"Se trata de no perder el control del proceso intelectual"
(Imagen: E&J)
“La inteligencia artificial no es peligrosa por ser artificial, sino porque piensa fuera del sujeto. El riesgo no es la máquina, sino la renuncia humana a pensar.” —Giorgio Agamben
En los últimos meses son habituales las conversaciones entre colegas dirigidas a alabar las bondades de la IA en nuestra práctica profesional. Sin duda, se trata de un tema apasionante, pues estamos ante el nacimiento de su aplicación en la abogacía, y las primeras experiencias que estamos viviendo constituyen auténticos bancos de prueba que podemos —y debemos— compartir para mejorar nuestra práctica profesional.
De estos diálogos destaca un hecho palmario: la irrupción de la IA está generando una alteración sin precedentes en nuestros hábitos intelectuales, un cambio que se manifiesta, sobre todo, en la obtención inmediata de conocimientos jurídicos sustantivos y procesales, en la facilidad de adaptación de los mismos al asunto objeto de consulta y en la rapidez para disponer de una solución inmediata a esta (vía informe, escrito procesal, etc.).
Ahora bien, el riesgo que percibo ante estas ventajas reside en que el profesional, deslumbrado por el brillo de esta nueva panacea, pueda no ser plenamente consciente del peligro que entraña depositar en la IA una confianza excesiva, relegando el papel crítico, reflexivo y responsable que siempre ha caracterizado la función del abogado en la preparación de un caso.
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Este riesgo entronca directamente con una dimensión ética del profesional, vinculada a la responsabilidad frente a sí mismo, a su forma de vivir la profesión, siendo conscientes de que nuestro gran activo es el pensamiento crítico; un pensamiento que nos obliga a comprender los hechos, pensar el caso, interpretar el Derecho y diseñar una estrategia coherente con todo ello.
Y no es un riesgo para tomarlo a la ligera, pues la IA puede generar una falsa sensación de control y de seguridad, percepción asociada a una impresión de comodidad y desahogo que, poco a poco, puede llevarnos a una renuncia progresiva a emplear el pensamiento crítico; una renuncia que puede producirse de forma paulatina, casi sin darnos cuenta, movidos por el bienestar de los resultados inmediatos.
Pero la comodidad que proporciona una respuesta plausible de la IA puede estar muy alejada de la convicción razonada, argumentada y puesta en valor tras un conocimiento exhaustivo del conflicto, en el que la duda tiene mucho que aportar: nuevos análisis, examen de alternativas, anticipación de escenarios, de argumentos, etc., y vuelta a empezar. En definitiva, la IA no debe obviar el tiempo y el esfuerzo que requiere la preparación y el desarrollo estratégico del caso, pues, de sustituirse este proceso por una confianza ilimitada en las respuestas automáticas, nos iremos empobreciendo profesionalmente y, con seguridad, seremos cada vez menos abogados.

(Imagen: E&J)
Con estas reflexiones no pretendo llegar al desatino de rechazar la IA ni de aferrarme a una forma de trabajar propia de otro tiempo. De lo que se trata es de no perder el control del proceso intelectual. La herramienta puede resultar útil para ordenar información, explorar alternativas o mejorar la forma del trabajo, pero no debe convertirse ni en el punto de partida ni en el punto de llegada del razonamiento jurídico. Cuando eso sucede, el abogado deja de pensar el asunto y pasa a limitarse a liderar un resultado que ya no le pertenece del todo.
Por eso creo que este debate exige una reflexión personal y honesta. El abogado debería preguntarse si el uso que hace de estas tecnologías refuerza su criterio o lo debilita; si le ayuda a comprender mejor los asuntos o si le aleja del esfuerzo intelectual que define su función.
La ética profesional también se juega en ese plano íntimo, en la fidelidad al propio oficio, a la identidad de la profesión y a la exigencia de pensar humanamente y no de forma artificial.

