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Cuando la máquina tiene razón y tú no estás seguro

La inteligencia artificial y su uso en la abogacía

(Imagen: E&J)

Noemí Juaní Ramón

Directora ejecutiva de Gaona Abogacía, despacho socio de Grupo RocaJunyent




Tiempo de lectura: 6 min

Publicado




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Cuando la máquina tiene razón y tú no estás seguro

La inteligencia artificial y su uso en la abogacía

(Imagen: E&J)

Llevamos demasiado tiempo debatiendo la inteligencia artificial en el sector legal como si fuera un horizonte. Ya no lo es. Es el presente de muchos despachos y, para quienes aún dudan, será el presente inmediato. Pero la conversación pública sigue atascada en dos miedos viejos: el miedo a equivocarse por culpa de la herramienta y el miedo a quedarse sin trabajo por culpa de la herramienta. Ambos son comprensibles. Ninguno de los dos es el más importante. El miedo que merece más atención es otro, más silencioso y más difícil de admitir: el miedo a perder el criterio propio.

Empecemos por lo que nadie debería ya negar. La IA aplicada al ejercicio de la abogacía ofrece ventajas que cambian estructuralmente la forma de trabajar. La capacidad de procesar volúmenes ingentes de información jurídica en segundos; el acceso a jurisprudencia y legislación actualizada; la redacción ágil de escritos procedimentales y de trámite que, en muchos casos, pueden incluso automatizarse; la posibilidad de estructurar y explotar el conocimiento interno del propio despacho; la gestión ordenada de la comunicación con clientes. Todo eso existe, funciona y marca una diferencia competitiva real.

Global IA

Quien adopte una postura defensiva frente a estas herramientas no está siendo prudente: está siendo lento. El debate ya no es si usarlas, sino cómo usarlas bien. Y usarlas bien implica entender en qué se quedan cortas.

El principal malentendido sobre los riesgos de la IA en el ámbito legal gira en torno a las llamadas alucinaciones: respuestas fabricadas, citas judiciales inexistentes, referencias normativas que no están donde la máquina dice. Es un problema real, y cualquier profesional de la abogacía serio sabe que verificar es parte del oficio, con IA o sin ella. Pero ese riesgo es, en cierto modo, el más manejable: se detecta, se corrige, se aprende a anticipar.

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También se sabe que la IA tiende a ser complaciente. Está diseñada, en buena medida, para darte la razón, para suavizar el disenso, para envolver cualquier corrección en capas de cortesía. Eso es cierto, y es ampliamente conocido: en redes sociales circulan desde hace tiempo guías para contrarrestarlo, prompts de base que obligan al modelo a ser más crítico, estrategias para extraer de él una respuesta más incómoda y más útil. Las herramientas de IA específicamente diseñadas para el sector legal ya están trabajando en esta dirección, precisamente porque un modelo demasiado dócil es poco fiable para el trabajo jurídico.

(Imagen: E&J)

La trampa de la respuesta impecable

Pero no es de eso de lo que hablo. El problema que me preocupa no es que la IA te diga algo falso, ni tampoco que sea tan complaciente que te resulte inútil. El problema es exactamente el opuesto: que te diga algo correcto. Técnicamente correcto. Sólidamente respaldado por la jurisprudencia consolidada, por la doctrina mayoritaria, por el criterio que los tribunales han sostenido de forma reiterada. Y que tú, sin embargo, no lo veas claro.

Porque el Derecho no funciona como una ecuación. El profesional que abre caminos, que gana un caso con una tesis que nadie había planteado antes, que defiende una interpretación contraria a la línea dominante porque el momento social, el contexto procesal o la composición del tribunal hacen que esa tesis sea hoy más viable de lo que nunca ha sido, no puede aprender ese movimiento de una herramienta que, por naturaleza, aprende del pasado y replica lo consolidado. La IA tiende al conservadurismo jurídico. No porque sea mala herramienta, sino porque es fiel a su arquitectura: sintetiza lo que ha sido, no lo que podría ser.

Así que la pregunta relevante no es si la IA se equivoca. Es si el abogado es capaz de ir más allá de lo que la IA acierta.

A mediados del siglo XX, el psicólogo Solomon Asch realizó experimentos que se han convertido en referencia obligada de la psicología social. Ante una respuesta objetivamente obvia, una parte significativa de los participantes cambiaba su opinión cuando el grupo sostenía la contraria. La presión social era suficiente para desplazar la percepción de la realidad.

Lo que Asch documentó era presión social. Lo que la IA introduce es algo distinto, y en ciertos aspectos más potente: presión epistémica, es decir, la incomodidad de disentir cuando la evidencia parece estar del lado de la máquina. Cuando la herramienta te devuelve una respuesta técnicamente impecable, respaldada por decenas de sentencias concordantes y articulada con una prosa sin fisuras, disentir de ella no se siente como contradecir a un colega. Se siente, a veces, como ir contra los datos. Y eso es mucho más difícil de sostener.

(Imagen: E&J)

El mito de la objetividad tecnológica

¿Seremos capaces de articular esa intuición, de defenderla, de apostar por ella? Ahí es donde se juega algo importante. No la corrección técnica, sino la excelencia profesional.

Sería cómodo, y equivocado, pensar que esta presión afecta principalmente a quienes empiezan, a quienes aún está construyendo su identidad profesional con razones evidentes para ser vulnerable a ella. Pero el riesgo no desaparece con los años de experiencia. Simplemente cambia de forma.

El abogado o la abogada senior lleva décadas forjando su criterio en situaciones donde la presión venía de personas, pero era un contexto en el que la presión tenía rostro humano. La IA no tiene rostro. No tiene ego. Parece objetiva. Tiene más capacidad de procesar datos que uno mismo. Y eso desactiva algunos de los mecanismos que el profesional experimentado ha aprendido a usar para contraargumentar.

Competencias humanas para un entorno ciego

El reto por tanto, no es aprender a usar la IA. Es reaprender a confiar en tu propio criterio en un entorno nuevo. Hablo de competencias que, según el perfil y la trayectoria de cada profesional, habrá que aprender, reforzar o simplemente volver a poner en primer plano.

La primera es la tolerancia a la incertidumbre. La IA da respuestas. El derecho muchas veces no las tiene. La abogacía debe recordar que operar en la zona gris, sin buscar la certeza donde no existe, es constitutiva del oficio, no una anomalía.

La segunda es la metacognición crítica: saber qué estás pensando y por qué. Distinguir “esto no me convence porque he razonado algo diferente” de “esto no me convence porque me incomoda o porque no se me había ocurrido a mí”.

La tercera es la autonomía de criterio bajo presión. Se trata de poder decir “entiendo lo que propone la herramienta, y tengo razones para no seguirla” sin necesitar que esas razones sean irrefutables para sostenerlas. A veces esa razón es la experiencia sedimentada. A veces es la lectura de un contexto que ningún modelo puede leer todavía.

La cuarta, y esta es la que distingue la excelencia de la mera corrección, es el pensamiento estratégico situacional. Saber cuándo guardarse un argumento. Cuándo expresarlo antes de que lo haga el contrario. Cómo leer lo que ocurre en una sala, en una mesa de negociación, en una llamada.

La quinta es la identidad profesional. Saber quién eres como jurista, qué valores te orientan, qué tipo de profesional quieres ser. Esa es la raíz más profunda de la resistencia a cualquier presión de conformidad, venga de donde venga. Se cultiva en la cultura del despacho, en los referentes que uno se ha construido a lo largo de los años, en cómo se tratan los errores bien razonados. Un profesional con identidad sólida puede escuchar a la IA, valorarla, usarla y, cuando corresponde, apartarse de ella sin drama.

(Imagen: E&J)

¿Qué tipo de jurista queremos ser?

Y ahora vuelvo al principio. El miedo más visible en el sector legal frente a la IA es el miedo a la sustitución: donde antes hacían falta cinco profesionales, ahora puede ser suficiente con uno. Pero ese miedo, si ocupa todo el espacio, impide hacer la pregunta correcta. Que no es “¿me va a quitar trabajo la IA?” sino “¿qué tipo de abogado o abogada quiero ser cuando la IA haga lo que ya hace?”

La IA ha venido para quedarse. El criterio también. El trabajo está en que ambos convivan sin que uno anule al otro.

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