Connect with us
La firma

La curiosidad como ‘alma mater’ de la Filosofía

“El conocimiento va ligado a la percepción”

(Imagen: E&J)

Pedro Tuset del Pino

Magistrado-juez de lo Social de Barcelona




Tiempo de lectura: 5 min

Publicado




La firma

La curiosidad como ‘alma mater’ de la Filosofía

“El conocimiento va ligado a la percepción”

(Imagen: E&J)

Afirmaba el insigne filósofo Julián Marías que la filosofía consiste en plantearse preguntas aunque no haya respuestas o cuando habiéndolas sean parciales, esto es, no den respuesta total a nuestro interrogante. Razón por la cual, la filosofía, en sí misma considerada, es radical por cuanto exige a quien plantea una pregunta ser consecuente consigo mismo, adueñarse del entorno, analizar, observar y, desde luego, cuestionarse a sí mismo.

Para Marías, la filosofía es un modo de vida, un modo esencial que, justamente, consiste en vivir en una cierta ciencia y, por tanto, la postula y exige. Se trata, por tanto, de una ciencia que determina el sentido de la vida filosófica o, dicho de otro modo, el hombre necesita para saber en rigor a qué atenerse, aferrarse a una certeza radical y universal, desde la cual pueda vivir y ordenar en una perspectiva jerárquica las otras certidumbres parciales. En consecuencia, la filosofía se justifica así misma, muestra y prueba constantemente su verdad, se nutre exclusivamente de evidencia, por cuyo motivo el filósofo está siempre renovando las razones de su certeza.

Global IA

Sin las anteriores consideraciones no existe, no puede existir, filosofía. Es por ello que gracias a los clásicos, a su consustancial curiosidad, dos tercios de nuestra civilización se la debemos a ellos.

Curiosidad entendida como el asombro noble que busca la verdad —thauma—, y éste como origen en la explicación de las cosas, esto es y siguiendo a Platón y Aristóteles, como el inicio del pensamiento.

Suscríbete a nuestra
NEWSLETTER

El propio Aristóteles afirmó, en su obra Metafísica, que los seres humanos empiezan a filosofar movidos por el asombro ante lo desconocido, como una llamada para comprender la verdad del mundo. Para el filósofo griego, la filosofía es una ciencia rigurosa, la sabiduría o saber por excelencia, la ciencia de las cosas en cuanto son; aunque después, en las escuelas estoicas o epicúreas que llenan Grecia desde la muerte de Alejandro y luego todo el Imperio romano, la filosofía se vacía de contenido científico y se va convirtiendo cada vez más en un modo de vida, el del sabio sereno e imperturbable que es el ideal humano de la época.

(Imagen: E&J)

Puede que tal modo de vida se ajustara al modelo de los antiguos filósofos de la Grecia clásica, los cuales no tenían más lujo que sus vestimentas, vino, pescado y los frutos del campo. Sentados al lado de una olivera alzaban la vista el cielo, oteaban el horizonte, escudriñaban a su alrededor y no se conformaban con lo que veían, sentían, tocaban u olían, disintiendo de otros pareceres elevados a dogma.

Gracias a aquellos clásicos obtuvimos respuestas sobre la grandes dudas humanas, como la inmensidad de los océanos, las estrellas que surcaban el cielo, las puestas de sol, el secreto de la vida, la inevitable llegada de la senectud, la incertidumbre de la muerte o los sentimientos más arraigados, como la felicidad el miedo, la venganza o el arrepentimiento.

Esa misma curiosidad es la puerta a la esperanza, la llave que nos da acceso al mundo de las ideas, a indagar en la realidad, a abrirnos paso entre los obstáculos, sin más ayuda que nuestro entusiasmo y exigencia. No necesitamos más.

En todo caso, el método filosófico descansa en el conocimiento, que, para Bertrand Russell, padre de la filosofía analítica moderna, debe considerarse desde el interior como algo que observamos en nosotros mismos, que nos es dable observar en los demás; conocimiento que implica a todos los sentidos humanos.

De este modo, el conocimiento va ligado a la percepción, esto es, puede afirmarse que un hombre percibe algo que nota mediante los sentidos porque ningún hombre percibe por la vista lo que no cae bajo el campo de su visión, aun cuando puede mirar directamente a un objeto sin percibirlo. De la misma manera que si un hombre lee en voz alta un libro y yo, mirándolo por encima de su hombro, percibo las mismas palabras, es por completo fantástico suponer que aquel no percibe las palabras que pronuncia. Podemos así lograr, en muchos casos, una certeza práctica con respecto a algunas de las cosas que perciben los demás.

(Imagen: E&J)

Sea como fuere, la realidad envuelve al hombre que es la dimensión de todas las cosas, de forma qué su curiosidad innata, su ansia de conocimiento, su deseo de ir más allá de lo material e, incluso, de lo ideal le permite plantearse dudas que merezcan una respuesta lo más próxima y real posible con respecto al entorno en el cual convive. De ahí que se atribuya a Descartes su famosa cita “cognito, ergo sum”.

Curiosidad que podemos enlazar a través de la razón vital, preconizada por otro ilustre filósofo, José Ortega y Gasset, al dar cuenta que la vida es razón y la razón nace de la vida misma.

Sin embargo, en la época actual, caracterizada por una sociedad altamente tecnificada donde la distancia y el tiempo se han reducido notablemente, donde la comunicación es instantánea y donde las nuevas tecnologías se imponen de manera creciente y definitiva, existe el riesgo de que abandonemos el logos, la razón, y abandonemos a su suerte la curiosidad que nos es propia, cediendo a la comodidad de utilizar la tecnología sin el esfuerzo de pensar, de plantearnos, en nuestra soledad e individualidad, no ya las preguntas de nuestro entorno más cercano o de lo que escapa a nuestro entender, sino la adecuada, individualizada, meditada y ajustada respuesta a nuestra existencia.

Hoy en día, acudiendo a cualquier motor de búsqueda en Internet, es tan fácil como introducir una pregunta y obtener cientos de posibles respuestas con la comodidad de apretar el botón enter.

Esa información masiva y genérica, lejos de saciar nuestra sed de conocimiento, lo que hace es convertirnos en un simple consumidor de información sin tiempo de analizar, estudiar e interpretar la respuesta que más se ajuste a la realidad de nuestra duda vital.

(Imagen: E&J)

Por poner un símil, es como quien se lanza por un tobogán a toda velocidad, sin poder controlar la velocidad, parar para reflexionar o desviarse de su destino.

Las nuevas tecnologías pueden facilitar nuestro conocimiento, pero nunca sustituirlo; pueden potenciar su búsqueda, pero no el esfuerzo en descubrir; pueden facilitarnos las respuestas a nuestras dudas, pero no limitar nuestra libertad de criterio y decisión.

La razón del deseo de conocer del hombre es, para Aristóteles, nada menos que su naturaleza. Y la naturaleza es la sustancia de una cosa, aquello en que realmente consiste; por tanto, el hombre aparece definido por el saber, es su esencia misma quien mueve al hombre a conocer, lo que razona afirmando que: “Por el asombro comenzaron los hombres, ahora y en un principio, a filosofar, asombrándose primero de las cosas extrañas que tenían más a mano, y luego, al avanzar así poco a poco, haciéndose cuestión de las cosas más graves tales como los movimientos de la luna, del sol y de los astros y la generación del todo”.

Ya lo dijo Séneca, el hombre que anticipa la llegada de problemas les resta poder cuando aparecen.

  • telegram

SUSCRÍBETE A NUESTRA NEWSLETTER

  • tiktok

Copyright © 2026 , powered by Economist & Jurist.