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Al día

De la Reforma de la Justicia y Otras Esencias

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Redacción editorial
Tiempo de lectura: 5 min

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En plena temporada de seminarios, cursos, ponencias, discursos, publicaciones y conferencias sobre la nueva oficina judicial, me hallo ante la hoja en blanco con la mente en permanente estado de sorpresa. Desde el pasado mes de noviembre, fecha de la publicación en el BOE de la citada reforma, me hallo en el mismo estado. Como juez, y por ende, profesional (se supone, se presume) del tema jurídico, me planteo cuestiones éticas a la misma velocidad que cuestiones de política judicial. ¿Cierro los ojos y sigo adelante? ¿O bien hago como cuando juzgo, es decir, observo los hechos uno por uno y analizo e interpreto el caso haciendo justicia del supuesto en cuestión?

Me decanté por lo último. Y es que un estamento, una institución, una Administración, en este caso la de Justicia, que hace apenas una década arrastraba máquinas de escribir por los pasillos y en la que todos los juzgados de pueblo se ubicaban en locales poco menos que insalubres e inadecuados….es un contexto distinto. Y si hablamos del Poder Judicial concretamente, la cosa se agrava. He denunciado en público junto a mil compañeros más la politización de la Justicia, titular que la mayoría de medios han interpretado (para qué recordar la reacción del ciudadano intoxicado por ellos) como si se hubiera dicho que cada juez cuando resuelve está sometido a presión política o semejante. No. Cada uno de nosotros resuelve y juzga con arreglo a la ley y a la Constitución. Y ello no es óbice para sostener y denunciar que el Poder Judicial, como tal, sí está y sigue sometido a una inimaginable e intolerable presión que ahora mismo dispara desde todos los frentes. Ciertamente hemos llegado tarde a las reclamaciones, a las cartas al director, a las editoriales y a casi todo. No supimos explicar quiénes somos y por qué. Dicho sea de paso, la institución del CGPJ hizo el resto. Como órgano de gobierno de los jueces y magistrados de todo el territorio nacional debió cumplir años ha su inexcusable deber de defensa y tutela de aquellos a quienes gobierna. Y no ha sido así.





Denunciamos el triste papel del CGPJ cuyos vocales responden a un previo reparto de papeles políticos por parte del Parlamento y que lo contamina ab inicio, convirtiendo gran parte de sus decisiones o por lo menos, las de mayor trascendencia, en un intercambio de poderes políticos y de devolución de favores que se convierte en una mala suerte de cadena que custodia el poder de cada cual y de cada quien. Ello intoxica nombramientos y decisiones, y de paso desprestigia algo tan trascendente como el propio honor del Poder Judicial ante la sociedad. Cuestionado, humillado y expedientado (el aumento desproporcionado en la apertura de expedientes a jueces el presente año es escalofriante), el colectivo ha quedado resentido y tocado en la línea de flotación. Acostumbrados como estamos a centrarnos en nuestro trabajo diario, silentes y reflexivos, nos pilló el tsunami con el paso cambiado y solo acertamos a mover ficha a partir de octubre de 2008 con el desgraciado caso (y paradigmático) del compañero Rafael Tirado y no olvidemos, la estrellada Secretaria de su juzgado, que nadie menciona pero que sufrió el primer tiro certero en su carrera profesional en la aplicación de matar al mensajero. Dura lex, sed lex.





A partir de ese momento de reacción masiva y rebelde, siendo todos conscientes del papel que jugaban a nuestro favor las nuevas tecnologías, el correo del Poder judicial echaba humo, millones de correos se acumulaban en la bandeja de entrada sin que sus propios creadores supieran qué hacer. Esa fue, para mí, la primera reforma de la Justicia. La que se parió desde dentro y a merced de un espontáneo movimiento de miles de compañeros que alzaron su voz como uno solo. Desorganizados y a la par envalentonados por la fuerza del grito común, llegaron a provocar (menuda palabra para un país tan timorato) dos huelgas simbólicas en las que se nos llamó desde vagos hasta maleantes. Como en los tiempos de la más terrible censura. Nadie se preocupó de contar al ciudadano que los expedientes acumulados por centenares en los pasillos y por los suelos nada tenían que ver con el gesto simbólico de un día de paro de togas. Juzgados de lo penal que asumen causas en número triplicado al que les corresponde, juzgados de instrucción olvidados por el CGPJ y atascados por expedientes que solamente se podrían asumir por dos o tres jueces en lugar de uno solo…juzgados con la mitad de su personal de baja y sin cubrir vacantes…en fin, el despropósito más absoluto.

El papel que han jugado las asociaciones no ha ayudado al panorama desolador. Pendientes del triste servilismo político no han atendido al grito común. El ciudadano ni siquiera sabe que más de la mitad de la carrera permanece no asociada. Por algo será.

El otrora ascenso forzoso, los durísimos años de estudio en el destierro y encierro, la separación de la vida personal y profesional, las inspecciones del CGPJ que se asemejan a una inquisición andante en lugar de ser un medio fortísimo de seguimiento constructivo y emprendedor…..

Y ahora el recorte de la nómina (casi 400 euros brutos, aplicable por igual a un juez en su primer destino que a un magistrado de Audiencia), en plena crisis…..se solventa diciendo, como el otro día sostuvo la portavoz del CGPJ Sra. Bravo, que los jueces tenemos que ser solidarios. Me quedé tan estupefacta como frustrada. ¿Solidarios? Y ¿qué concepto tienen los vocales del CGPJ y su propia portavoz de la solidaridad social? (si es que a ese tipo de solidaridad se refería la Sra. Bravo, que no lo sé). Daría para otro artículo el analizar qué tipo de recortes relativos a gastos proceden ahora. No seré yo quien dé lecciones de Economía sin estar legitimada para ello. Pero sí se me ocurren, a título de ejemplo, algunos casos interesantes. Como el despilfarro de las Diputaciones, los gastos innecesarios desplegados por el propio CGPJ en Cursos que cada año se repiten para vanagloria de quienes son siempre los mismos ponentes, la escasa transparencia del gasto autonómico en Justicia y la del propio Ministerio, los equipos de asesores estatales y autonómicos que inundan la burocracia ya de por si desproporcionada, las deudas de los Ayuntamientos con empresas y particulares…..podríamos seguir.

¿Congelar sueldos de jueces? Bien. Es la medida aplicada en el resto de Europa, a la que no hemos emulado en absoluto para el resto de asuntos. Actualmente España ocupa el “honroso” puesto detrás de Nigeria en cuanto a Justicia. La ratio de juez por ciudadano no aumenta y parece ser que la promesa de más juzgados, dada la coyuntura económica, es un sueño. Nuestro poder adquisitivo ha ido decreciendo en la última década como si nada. Y se ha olvidado que el recorte afecta a trienios, que si mal no recuerdo, son derechos adquiridos. Asimismo recuerdo la irretroactividad de las normas desfavorables y la independencia judicial constitucionalmente declarada y la dignidad correspondiente….

Pero hablábamos de la reforma de la Justicia. Otra que tal. Poner en marcha la nueva oficina en plena crisis. A costa de poner en las espaldas de los secretarios judiciales el peso de la reforma y sin modificar la LOPJ en cuanto a la responsabilidad del juez respecto de todo lo que suceda en la oficina judicial (lo cual, a mi juicio, no es interpretable a la luz de las leyes del pasado mes de noviembre, salvo que se modifique el texto legal).

La carga de trabajo insoportable, la histórica falta de medios y el desencanto hacen el resto. Yo misma trabajo en la nueva Ciudad de la Justicia de Barcelona donde la banda ancha de Internet falla a diario con el consiguiente drama para poder acceder a bases de datos o a cualquier página jurídica, con un navegador obsoleto desde hace más de siete años que no permite abrir ni el más elemental enlace necesario para trabajar. Donde la sede del juzgado de guardia es tan estrecha que conviven todos en un pasillo y donde se ha contemplado antes el titular en el medio de comunicación de turno que la eficacia de la estructura.

Hablábamos de la reforma de la Justicia. Esa figura que denosta el ciudadano porque siempre está esperando, desesperado, y su estado no cambia pese a las conferencias, seminarios, ponencias y discursos.

Pero de la nueva oficina judicial hablamos otro día, si me lo permiten. Hoy me he permitido hablar de Justicia, simplemente.

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