Islandia disfruta del mercado europeo, pero rechaza el poder de Bruselas: el 52,8% vota contra negociar la adhesión
Los islandeses no han rechazado Europa, sino la posibilidad de ceder mayor soberanía política y el control de recursos tan esenciales como la pesca
(Imagen: E&J)
Islandia disfruta del mercado europeo, pero rechaza el poder de Bruselas: el 52,8% vota contra negociar la adhesión
Los islandeses no han rechazado Europa, sino la posibilidad de ceder mayor soberanía política y el control de recursos tan esenciales como la pesca
(Imagen: E&J)
Islandia forma parte del Espacio Económico Europeo, participa en el mercado interior y pertenece al espacio Schengen. Sus ciudadanos pueden viajar, comerciar, trabajar y relacionarse con los países de la Unión Europea sin que Islandia sea miembro de ella. Y cuando se les ha preguntado si querían avanzar un paso más, su respuesta ha sido negativa.
El 52,8% de los islandeses votó en contra de reabrir las negociaciones para entrar en la Unión Europea, frente al 47,2% que apoyó retomarlas. No se decidía todavía la adhesión, sino únicamente la posibilidad de volver a negociar. Ni siquiera ese primer paso obtuvo el respaldo de la mayoría.
El resultado contiene una reflexión que Europa debería escuchar. Islandia no rechaza el continente europeo, su economía ni la cooperación con sus vecinos. Rechaza entregar una parte mayor de su poder político a Bruselas, especialmente cuando esa cesión puede afectar al control de sus aguas, sus recursos naturales y su industria pesquera.

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Reikiavik votó mayoritariamente a favor de negociar, mientras las zonas rurales se inclinaron por el «no». La diferencia revela una tensión conocida en toda Europa: las grandes ciudades observan las ventajas de la integración, pero quienes viven de la agricultura, la pesca o los recursos vinculados al territorio temen que las decisiones terminen adoptándose demasiado lejos de quienes sufrirán sus consecuencias.
Islandia es un país pequeño, próspero y plenamente democrático. No necesita alejarse de Europa para proteger su soberanía. Puede participar en buena parte de sus beneficios sin aceptar todas sus estructuras políticas. Esa posición puede resultar incómoda para la Unión, pero no es irracional.
La pregunta verdaderamente importante no es por qué Islandia ha vuelto a decir que no, sino por qué un país tan europeo prefiere continuar fuera.
Durante años, Bruselas confió en que la integración ejercía una fuerza de atracción casi inevitable. Cuanto más estrecha fuera la relación económica, mayor sería el deseo de avanzar hacia la integración política. Islandia demuestra que esa consecuencia no es automática. Un país puede querer el mercado europeo sin querer más poder europeo.

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La Unión debería interpretar el referéndum como una advertencia, no como una afrenta. Cuando los ciudadanos perciben que integrarse significa perder el control sobre aquello que consideran esencial, las ventajas económicas dejan de ser suficientes.
Europa no se fortalece acumulando competencias. Se fortalece cuando convence a sus pueblos de que aquello que se decide conjuntamente se resuelve mejor que aquello que cada nación podría decidir por sí misma.
Islandia ha elegido conservar la distancia. Y quizá el problema no sea que los islandeses no hayan comprendido las ventajas de entrar en la Unión Europea, sino que la Unión todavía no haya comprendido por qué tantos europeos desean conservar el derecho a decirle que no.
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