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Las «absoluciones aparentes» de Hacienda y sus similitudes con las de «El Proceso» de Kafka

“Hay muchos contribuyentes que tienen la sensación de que su proceso tributario nunca va a tener fin”

Ministerio de Hacienda y Función Pública (Foto: Wikipedia)

Abogado y socio de Ático Jurídico.

Tiempo de lectura: 5 min



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Las «absoluciones aparentes» de Hacienda y sus similitudes con las de «El Proceso» de Kafka

“Hay muchos contribuyentes que tienen la sensación de que su proceso tributario nunca va a tener fin”

Ministerio de Hacienda y Función Pública (Foto: Wikipedia)



“El proceso” es una novela inacabada de Franz Kafka que vio la luz en 1925, un año después del fallecimiento de su autor. En ella, se describe una sociedad distópica, en la que los ciudadanos son víctimas de procesos absurdos, donde la información que se proporciona al acusado brilla por su ausencia, y que además se alargan durante años, sin que se atisbe la posibilidad de dar carpetazo al asunto, para respiro y tranquilidad del sufrido ciudadano. No seré yo el que diga que nuestro actual procedimiento tributario es como el descrito por el genial escritor checo. Pero sí puedo afirmar que muchos contribuyentes experimentan en sus propias carnes cómo la Administración se resiste a soltar su presa. Y, también, que en ocasiones resulta muy difícil dar carpetazo a un litigio frente a Hacienda, a pesar de haber obtenido una resolución firme y favorable, que en teoría debiera suponer el fin del procedimiento.

Pues bien, describe Kafka en su novela, una particularidad de “El proceso” que, por deformación profesional, me ha resultado terriblemente familiar. Me refiero a lo que el autor denomina las “absoluciones aparentes”.



En estos casos, aparentemente, todo está correcto. Así, cuando una de estas absoluciones se produce, se añade en el acta la declaración de inocencia, la absolución, y los motivos de la misma.

Y, como se afirma en la novela, “Desde fuera, puede parecer a veces que todo está olvidado hace mucho, que se ha perdido el expediente y que la absolución es total.” Pero “un día cuando nadie lo espera, cualquier juez toma en sus manos con gran atención el expediente, se da cuenta de que en dicho caso la acusación sigue viva y ordena inmediatamente el arresto.” Todo ello, sin acotación temporal alguna. Así, se da por supuesto que, entre la absolución aparente y el nuevo arresto, pasa mucho tiempo. Sin embargo, “no es menos posible que la persona absuelta salga del tribunal, se vaya a casa y se encuentre con que ya le están esperando para volver a arrestarle”.

«Así, cuando una de estas absoluciones se produce, se añade en el acta la declaración de inocencia, la absolución, y los motivos de la misma» (Foto: El Mundo)

Entonces, “el proceso empieza otra vez, pero vuelve a existir, exactamente igual que antes, la posibilidad de obtener una nueva absolución aparente. De nuevo hay que reconcentrar todas las fuerzas y no rendirse.” Y esto no es ni mucho menos el final. Y es que, “a la segunda absolución sigue el tercer arresto, al tercer arresto, la cuarta absolución, y así sucesivamente. Es algo que va implícito ya en el concepto de absolución aparente.”

Pues bien, como he indicado, todo esto me ha resultado terriblemente familiar. Y es que hay muchos contribuyentes que tienen la sensación de que su proceso tributario nunca va a tener fin. Y que, a una absolución “aparente”, sigue el inicio de un nuevo proceso. O la reanudación del que ya concluyó, que vuelve a cobrar vida, como si de un “muerto viviente” se tratase.

Así, cuando la liquidación se anuló por motivos de fondo, existe la conocida como doctrina del “doble tiro”, avalada por nuestro Tribunal Supremo (sentencia de 19-11-2012), que permite volver dictar liquidación, a pesar de la anulación de la anterior. Ello, con la salvedad de que no será posible dictar una tercera liquidación, si la Administración vuelve a caer en el mismo error.

Cuando el defecto es formal, y se generó indefensión al contribuyente, los Tribunales de Hacienda ordenan la retroacción de actuaciones. Y ello permite a la Administración volver atrás en el tiempo, reabrir el mismo procedimiento que ya concluyó, en el punto en el que se cometió la quiebra formal, para desde ahí continuarlo hasta el dictado de una nueva liquidación.

En ambos casos, estamos ante verdaderas “absoluciones aparentes”. El contribuyente puede celebrar la obtención de una resolución favorable, que anula la liquidación que en su día dictó la Administración tributaria. Pero con la boca pequeña, sin pasarse. Y es que una nueva liquidación, idéntica a la ya anulada, puede llegarle como consecuencia del “doble tiro” antes aludido, o por la vía de la retroacción de actuaciones.

«Cuando el defecto es formal, y se generó indefensión al contribuyente, los Tribunales de Hacienda ordenan la retroacción de actuaciones» (Foro: Archivo)

Todo lo anterior, además, sin un límite temporal muy claro. Así, por ejemplo, el doble tiro está sometido al plazo de prescripción. De este modo, el contribuyente puede recibir la nueva liquidación, como describe Kafka en El Proceso, recién llegado a casa, encontrando a la Administración ya esperándole. O esta nueva liquidación puede tardar mucho más tiempo, notificándosele cuando quede poco tiempo para que dicho plazo de prescripción expire.

En el caso de la retroacción de actuaciones, la Administración sí dispone de un plazo máximo para dictar la nueva liquidación, contado desde que el órgano encargado de la ejecución recibe la resolución que dio la razón al contribuyente. Sin embargo, si se supera dicho plazo, podría acordarse una nueva retroacción de actuaciones. Y ello, teniendo en cuenta que el criterio de Hacienda, expresado recientemente por el TEAR de Madrid (resolución de 30-6-2022), es que nada de lo actuado en el primer procedimiento interrumpió la prescripción.

Además, y a pesar de que la nueva liquidación que se dicte no puede superar en importe a la primera (por la prohibición de reformatio in peius), lo cierto es que está previsión suele incumplirse, por el desmesurado y abusivo cómputo de intereses de demora. Ello supone considerar a los contribuyentes responsables del retraso en el proceso, por el solo hecho de defenderse y pleitear.

Por ello, cuando hablamos de deudas elevadas, y procesos que se prolongan en el tiempo, es habitual que la nueva liquidación que se dicte, acabe superando en importe a la primera, como consecuencia de los elevados intereses de demora que la acompañan.

En definitiva, el contribuyente tiene la opresiva sensación de que a la Administración se le perdona todo, y que hacen falta al menos dos o tres disparos, para abatir a la bestia tributaria. Sin embargo, basta con que el contribuyente cometa un error, se le pase un plazo, para que ceda el suelo bajo sus pies, y pierda todas sus oportunidades de defensa.

Por si fuera poco, la duración e incertidumbre que rodean al proceso genera una gran inseguridad jurídica, y un enorme coste económico y emocional en los contribuyentes.

No en vano, se refiere Kafka en “El proceso” al comerciante Block, que confiesa haber gastado todo lo que posee en su proceso. En concreto, reconoce que “he retirado todo el dinero de mi negocio (…) Antes, las oficinas del mismo ocupaban casi todo un piso. Hoy me basta un pequeño cuartucho en el patio interior de una casa. (…) Este retroceso no se debe únicamente, como es lógico, a la retirada del capital, sino más bien a la reducción de mi capacidad de trabajo. Si uno desea hacer algo por su proceso, poco puede dedicarse a otros asuntos.”

Algo parecido les ocurre a aquellos contribuyentes que se ven sumidos en eternos procesos, que muchas veces vuelven a empezar de cero, y en los que está en juego su patrimonio, dado el elevado importe que la Administración les reclama.

En estos casos, la victoria definitiva, cuando llega, tiene un indudable coste económico, por el gasto en abogados y profesionales contratados para la defensa jurídica, que rara vez se verá compensado por las costas con que este contribuyente pueda verse favorecido. Pero es que, además, el desgaste emocional de estos contribuyentes, sometidos a años de incertidumbre, y sin ver la luz al final del túnel, es enorme. Y es, probablemente, la mayor penitencia que estos contribuyentes pagan, por enfrentarse a Hacienda.

En definitiva, conviene reflexionar sobre nuestro procedimiento tributario. Sobre su duración, sobre la posibilidad, cada vez más generalizada, de volver a liquidar. Y es que, sin darnos cuenta, podríamos acabar configurando un proceso tributario que arrincone cada vez más al ciudadano, frente a la todopoderosa administración tributaria. Y que no resulte muy diferente, en algunos de sus aspectos, al terriblemente descrito por Franz Kafka, en su novela “El Proceso”.

Todavía estamos a tiempo, en definitiva, de que la distopía no se convierta en realidad.

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