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Editorial

Arquetipos de abogado



 

La sociedad actual acaso haya superado los arquetipos de abogado, que la tradición literaria  y  forense ha ido imponiendo a lo largo de los siglos. Sin embargo, merece prestar atención a los mismos,  siquiera desde una vertiente lúdica.





Tenemos al abogado civil frente al criminalista. El primero responde a un tipo más cuidado, más mesurado, más atractivo. El segundo es menos formal, más excesivo, mas ampulosos.  Hoy podríamos incluir en la primera distinción al abogado –mercantilista– o de sociedades– , tan alejado del esteorotipo del  –picapleitos– . Me viene a la mente una novela de un escritor norteamericano, en que dos personajes discuten y uno le dice al otro: ¿Y tú, que eres abogado, defiendes esta injusticia?; el recriminado, contesta displicentemente, –no me hables de justicia, yo soy abogado de sociedades– .





Otra figura, hoy en desuso, pero utilizada en las conversaciones y discusiones entre colegas con el objetivo de concretar o fijar con más precisión las posiciones en conflicto, es el abogado del diablo, así llamado no por sus relaciones con el demonio, sino por su celo en la defensa de oficio en los procesos de beatificación  y de canonización, con estricto acatamiento y cumplimiento de las normas procesales.

También está el abogado de las causas perdidas, cuyo encargo proviene de la parte presuntamente vencedora para que defienda a la adversa, claramente perdedora en el conflicto.

El abogado de los pobres, nombrado de oficio para la defensa gratuita, plenamente humano y solidario en contraposición de los –vencedores– cuyos adjetivos son múltiples: el insigne jurista, el lumbrera, el abogado de negocios, el sabio, el abogado de renombre

 

 

 

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