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La firma

De la gran depresión de 1929 al New Deal de 1933, pasando por la pandemia de la Covid-19



Mañana día 24 de octubre se cumplirán noventa y un años del hundimiento de Wall Street y el consiguiente crack económico que supuso no solo para sociedad norteamericana sino para toda Europa el descalabro de la bolsa neoyorquina.

El martes 24 de octubre de 1929 el pánico se apoderó de la Bolsa de Nueva York tras vivir una jornada negra en la que se registraron millonarias pérdidas económicas por culpa de la especulación. Lotes de miles de acciones se vendieron a precios ridículos, provocando la intervención de la policía para evitar alborotos alrededor de la Bolsa.

El parquet de la Bolsa, cubierto de acciones sin ningún valor, era el fiel reflejo de hasta qué punto las acciones se habían devaluado. Lotes de 5.000 a 20.000 acciones fueron vendidas con pérdidas que oscilaban de uno a cinco puntos, llegando a caer algunos valores hasta 60 puntos por debajo de la cotización del sábado anterior, con pérdidas estimadas de 10.000 millones de dólares. Como ejemplo de la catástrofe bursátil, las acciones de una fábrica de tabacos pasaron de 113 dólares a 4, ocasionando el suicidio del presidente del consejo de administración de la compañía (1).





En su libro “El crac del 29”, Kenneth Galbraith sigue el ritmo de los acontecimientos de esa semana, minuto a minuto, como si se tratase de un thriller (2):





“Fuera de la Bolsa, en Broad Street, se podía oír un inquietante rumor. Una multitud se había congregado allí. El superintendente de policía, Grover Whalen, se apercibió que algo estaba sucediendo y despachó un destacamento especial de policía Wall Street a fin de asegurar el orden. Luego llegó más gente y todos se pusieron a esperar, aunque nadie sabía el qué.

Rumores a cual peor barrían Wall Street y sus próximos y lejanos velatorios. Los títulos se vendían ya por nada. Las Bolsa de Chicago y Buffalo habían cerrado. Comenzaba a desarrollarse una ola de suicidios: once especuladores de reconocida fama se habían dado muerte hasta entonces”.

De la noche a la mañana, miles de accionistas, grandes y pequeños, y empresas se vieron abocadas al caos absoluto, habían perdido todos sus ahorros e inversiones y el cierre de aquellas se hizo inevitable, arrastrando con ellas a cientos de miles de trabajadores al paro y a la pobreza.

De la magnitud de la tragedia nos da cuenta que durante el martes negro, como se le conoce al día 29 de octubre de 1929, se perdió tanto dinero en la Bolsa neoyorquina como el gastado por estados Unidos en toda la Gran Guerra.

No fue hasta el 6 de diciembre de aquel mismo año que el presidente republicano Herbert Hoover, que recién había estrenado el cargo, pronunció un discurso ante una reunión de 400 industriales dirigentes de la economía del país, afirmando que para salir de la crisis no había mejor remedio que el esfuerzo y la acción, y que para el gran paro la única solución era activar las obras, mediante el mantenimiento de la actividad en las construcciones, el mantenimiento del trabajo, la mejora de las instalaciones fabriles, para lograr el abaratamiento de la producción y fomentar la creciente demanda, sin merma de mantener los salarios de los trabajadores. A tal fin, Hoover creo en 1932 la Reconstruction Finance Corporation (RFC), dotada con 3.500 millones de dólares para préstamos industriales, aunque duramente criticada por favorecer a las empresas mientras los norteamericanos se morían literalmente de hambre, una de las muchas razones por la que en las nuevas elecciones presidenciales perdió el cargo.

Tras acabar el mandato de Hoover, el nuevo presidente de Estados Unidos, el demócrata Franklin Delano Roosevelt dio inicio al denominado New Deal, diseñando toda una serie de medidas tendentes a resolver la grave depresión en que se encontraba sumida la economía norteamericana, priorizando la oferta de la demanda e incrementando el consumo como medios para reactivar la producción.

Entre las medidas adoptadas destacan un mayor control del Estado sobre los bancos (Banking Act de 1933), y la exigencia de un aumento de sus reservas a fin de garantizar su solvencia. Se estimuló la concesión de créditos destinados a la inversión empresarial y se promulgó además la Ley de Obligaciones Federales con el fin de proteger a los inversores de posibles fraudes. Paralelamente, el dólar fue devaluado un 41% frente a otras monedas extranjeras para facilitar la exportación de los productos americanos.

En el plano laboral, por medio de la National Labor Relations Act, se regularon las relaciones entre patronos y obreros, reglamentando un salario mínimo y la jornada horaria máxima. Con la disminución del paro, la fijación del salario mínimo y la tendencia al alza de los sueldos, se creó una masa de asalariados con cierto poder adquisitivo que multiplicó la demanda en unos momentos en que la producción estaba muy necesitada de estímulos.

En el frente industrial, la National Industrial Recovery Act de 1933 potenció las subvenciones a la industria con el objetivo de estimular su recuperación. Se pusieron en funcionamiento gigantescos proyectos de obras públicas (carreteras, pantanos, etc.) a través de la Publics Works Administration, WPA (1935). Este organismo colaboró con la Tennessee Valley Authority (1933), destinada a la colonización e industrialización del valle del río Tennessee, iniciativa de una serie de empresas públicas por medio de las cuales se construyeron embalses, centrales hidroeléctricas y se reforestaron extensas áreas, dando empleo a más de 3 millones de trabajadores.

La gran crisis bursátil de 1929 supuso un verdadero terremoto económico y financiero de proporciones sociales aún por descubrir, poniendo en estado de alarma a todo un país, la primera potencia económica mundial, y cimentando las bases de una futura economía más proteccionista y garantista de las operaciones bancarias que soslayasen la especulación, la corrupción y el desfalco.

Sin embargo, la II Guerra Mundial supuso otro serio envite a la economía mundial tras la devastación de ciudades, pueblos, industrias, fábricas y la pobreza más absoluta en que se sumió la población civil, pero otra vez, gracias al Plan Marshall, al nuevo mapa geopolítico diseñado en la reunión y posterior tratado de Yalta, en febrero de 1945, que reunió a los líderes de la Unión Soviética, Estados Unidos y Reino Unido, Stalin, Roosevelt y Churchill, y a la tensión entre este y oeste, se generó un nuevo horizonte de competitividad que regeneró la economía e instauró la sociedad del bienestar, de la que aún somos herederos,

Tras la caída del telón de acero, la reunificación de Alemania, la crisis del comunismo y la democratización de los países satélites de la antigua U.R.S.S., la economía internacional volvió por sus antiguos fueros incitando y facilitando la economía del consumo, lo que representaba tener que financiar el gasto, tanto público como privado, acudiendo, claro es, a los créditos bancarios.

No obstante, la quiebra en septiembre del año 2008 del banco Lehman Brothers, la cuarta entidad financiera más importante de Estados Unidos, dio comienzo a una crisis económica mundial de devastadoras consecuencias. La especulación con las denominadas hipotecas basura había llevado a los bancos a situaciones de verdadero riesgo y terminaron por colapsar cuando los beneficiarios de esos préstamos fueron incapaces de hacer frente a los pagos. Cada vez con menos solvencia, los bancos se mostraron recelosos de prestarse dinero entre sí o a otras empresas o particulares por miedo a que la situación se repitiera.

Explotó, así, la popularmente denominada “burbuja inmobiliaria”, creciendo la tasa del paro y el aumento de las hipotecas. El sistema económico global entró en recesión y se multiplicaron los rescates bancarios, hasta alcanzar en España un máximo histórico de más de cinco millones de parados en 2013.

Sin haber salido por entero de las consecuencias negativas de dicha crisis, atravesamos ahora otra nueva de ignota duración y resultados, como consecuencia de la pandemia derivada de la Covid-19, tal como ha puesto de manifiesto el Fondo Monetario Internacional al aseverar que (3):

“Se encuentra en marcha una recuperación económica mundial vacilante, respaldada por medidas de política macroeconómica extraordinarias. Pero la recuperación es parcial y despareja y está caracterizada por una considerable incertidumbre, dado que la pandemia continúa propagándose en algunos lugares. La crisis amenaza con dejar cicatrices persistentes en la economía mundial, tales como un menor aumento de la productividad, mayores cargas de la deuda, vulnerabilidades financieras más agudas y una mayor pobreza y desigualdad. Asimismo, persisten otras dificultades a larga fecha”.

Para añadir que:

“Mantendremos y redoblaremos los esfuerzos por lograr un crecimiento vigoroso, sostenible, equilibrado e inclusivo, aprovechando al máximo las transformaciones económicas, sociales, ambientales, tecnológicas y demográficas en curso, de manera congruente con nuestra agenda previa a la crisis. Seguiremos adelante con las reformas estructurales para estimular el crecimiento, el empleo y la productividad. La inversión y el comercio internacional de bienes y servicios libre, equitativo y mutuamente beneficioso son motores fundamentales del crecimiento y la creación de empleo. Promoveremos inversiones de alto rendimiento económico y social, y procuraremos explotar el potencial de la economía digital a la vez que abordamos los desafíos que trae aparejada. Reafirmamos nuestro compromiso con una sólida gestión de gobierno, lo que incluye atacar la corrupción”.

Pero sobre las consecuencias de todo orden que la nueva pandemia está causando en todo el mundo, de la que no cabe duda que supone actualmente el gran desafío de los últimos tiempos, tendré ocasión de pronunciarme largo y tendido en otro comentario.

_____________________ Anotaciones:

  • Información recogida en el diario La Vanguardia, en su edición del 25 de octubre de 1929.
  • Cita contenida en el libro ”Una página difícil de arrancar. Memorias de un socialista sin fisuras”, de Alfonso Guerra. Ed. Planeta, 2013, págs. 333-334.
  • Comunicado de la Cuadragésima Segunda Reunión del CMFI, bajo la presidencia del Sr. Lesetja Kganyago, Gobernador del Banco de Reserva de Sudáfrica (15 de octubre de 2020).
Sobre el autor: Pedro Tuset del Pino es Magistrado-Juez de lo Social de Barcelona.
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