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Hantavirus: el peligro de transmisión que algunos intentan minimizar

Cuando se pide no alarmar a la sociedad, se está insultando a la inteligencia del ciudadano al considerándolo incapaz para comprender la realidad

(Imagen: E&J)

Tiempo de lectura: 4 min

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Hantavirus: el peligro de transmisión que algunos intentan minimizar

Cuando se pide no alarmar a la sociedad, se está insultando a la inteligencia del ciudadano al considerándolo incapaz para comprender la realidad

(Imagen: E&J)

Cada vez que surge una amenaza sanitaria reaparece el mismo discurso: “No hay que generar alarma”. Lo repiten algunos medios de comunicación, determinados responsables políticos e incluso ciertos científicos o comentaristas especialistas en todo, que parecen asumir que la ciudadanía no está preparada para gestionar información inquietante.

Pero quizás el verdadero error sea precisamente ese: tratar a la sociedad como si necesitara ser protegida de la realidad, para algunos tiempos pasados no pasaron

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El ciudadano actual tiene acceso inmediato a estudios científicos, publicaciones médicas, análisis epidemiológicos y declaraciones de expertos internacionales. La sociedad de hoy ya no depende exclusivamente de lo que diga un tertuliano o de un titular televisivo. Y por eso el periodismo no debería asumir un papel paternalista basado en decidir qué información puede generar demasiada preocupación.

La función de informar no consiste en tranquilizar artificialmente a la población. Tampoco en actuar como un mecanismo psicológico destinado a rebajar la tensión social. Su obligación es mucho más simple y mucho más importante: contar los hechos, explicar el contexto y trasladar con honestidad aquello que se sabe y aquello que todavía se desconoce.

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Y en el caso del hantavirus de los Andes existen motivos suficientes para hablar de prudencia, vigilancia y transparencia, no de banalización.

Porque no estamos ante un virus cualquiera. La cepa Andes es la única variante de hantavirus cuya transmisión entre humanos ha sido demostrada científicamente. Ese dato, por sí solo, desmonta parte de los mensajes excesivamente tranquilizadores que intentan presentar el contagio como algo prácticamente imposible o extraordinariamente remoto.

(Imagen: E&J)

Nada más lejos de la realidad Argentina lleva años estudiando este fenómeno. Allí no se habla del hantavirus desde la teoría o desde la distancia académica, sino desde la experiencia clínica real de médicos intensivistas, epidemiólogos y especialistas que han vivido brotes mortales sobre el terreno.

El episodio más grave se produjo en Epuyén, en la Patagonia argentina, entre 2018 y 2019. Aquel brote dejó 34 contagios y 11 fallecidos en una cadena de transmisión humana que sorprendió incluso a parte de la comunidad científica internacional. Las investigaciones posteriores detectaron fenómenos de super contagio, con personas capaces de transmitir el virus a numerosos contactos en reuniones familiares y encuentros sociales.

Aquello supuso un cambio importante en la comprensión científica del virus. Durante años se sostuvo que el hantavirus apenas podía transmitirse entre personas y que el contagio requería contactos extremadamente estrechos. Sin embargo, los estudios realizados tras el brote argentino comenzaron a mostrar una realidad mucho más compleja.

Y ahí aparece una de las voces más relevantes en esta materia: el microbiólogo argentino Gustavo Palacios, investigador del Hospital Mount Sinai de Nueva York y uno de los mayores expertos internacionales en hantavirus.

Palacios ha advertido de forma clara que la cepa Andes puede generar contagios en cadena y fenómenos de super propagación ya documentados científicamente. Sus investigaciones sobre el brote patagónico demuestran que todavía existen aspectos importantes del comportamiento del virus que no se conocen completamente.

El experto también ha explicado que algunas transmisiones se produjeron tras contactos aparentemente limitados, lo que obliga a actuar con mucha más cautela a la hora de lanzar mensajes simplistas sobre la dificultad del contagio.

Eso no significa afirmar que estemos ante una nueva pandemia mundial comparable al COVID-19. No lo estamos. El propio Palacios ha señalado que el hantavirus no tiene el mismo potencial pandémico. Pero una cosa es evitar comparaciones desproporcionadas y otra muy distinta caer en una minimización prematura.

El también argentino y vicepresidente de la asociación World Federation Intensive Critical Care, Nestor Raimondi, en declaraciones en exclusiva a Economist & Jurist ha manifestado: “El hantavirus debe de ser una enfermedad considerada endémica, pero con la globalización se ha demostrado en esta ocasión que enfermedades de este tipo pueden detonar en cualquier parte del mundo. La cepa Andes del hantavirus tiene la potencialidad de transmitirse persona a persona, esto ha sido demostrado ya hace unos años y hoy tenemos la evidencia y la confirmación de que eso es posible. El hantavirus no se trata de una enfermedad similar al coronavirus en gravedad y transmisión de la enfermedad, pero es importante que los medios de comunicación y los organismos internacionales de control de enfermedades transmitan adecuadamente la gravedad de la enfermedad producida por el hantavirus y fundamentalmente la epidemiología y forma de contagio del mismo”.

(Imagen: E&J)

Porque el problema de ciertos discursos tranquilizadores no es únicamente científico. También es profundamente periodístico.

Cuando la prioridad pasa a ser “evitar alarma” en lugar de informar con precisión, existe el riesgo de construir relatos incompletos que terminan desinformando y pudiendo generar graves daños, por eso la transparencia nunca debería considerarse peligrosa.

Si existe transmisión entre humanos; si se han documentado supercontagiadores; si médicos argentinos llevan años alertando sobre determinados comportamientos del virus; y si expertos internacionales reclaman vigilancia epidemiológica extrema, lo correcto no es rebajar automáticamente la preocupación pública, sino explicar con honestidad cuál es el alcance real del problema.

La alarma injustificada es irresponsable. Pero la minimización también lo es.

Y quizá uno de los grandes errores posteriores a la pandemia del coronavirus haya sido convertir cualquier preocupación sanitaria en algo que debe neutralizarse rápidamente mediante mensajes tranquilizadores, como si informar con crudeza fuese incompatible con mantener la calma social.

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