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Los Pactos de Letrán: el acuerdo que dio nacimiento al Estado del Vaticano y selló la reconciliación entre la Iglesia y el Reino de Italia

El equilibrio entre fe y poder en la Italia del siglo XX

(Imagen: E&J)

Eduardo Rodríguez de Brujón y Fernández

Socio director de Quercus-Superbia Juridico, miembro de Legal Touch y profesor de ISDE.




Tiempo de lectura: 3 min



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Los Pactos de Letrán: el acuerdo que dio nacimiento al Estado del Vaticano y selló la reconciliación entre la Iglesia y el Reino de Italia

El equilibrio entre fe y poder en la Italia del siglo XX

(Imagen: E&J)

En el Palacio de Letrán, sede histórica del papado, se firmó uno de los acuerdos más trascendentales del siglo XX en las relaciones entre la Iglesia católica y el Estado italiano.

Desde el siglo XVI en que la monarquía hispánica había conquistado el mundo para la fe católica y defendido a la Iglesia como su paladín, ante sus enemigos, nadie había hecho más por el catolicismo que la Italia del Rey Víctor Manuel IIII.

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El cardenal Pietro Gasparri, secretario de Estado del Papa Pío XI, y Benito Mussolini, primer ministro y líder del régimen fascista, en representación del rey Víctor Manuel III, rubricaron los llamados Pactos de Letrán (o Pactos Lateranenses). Con ellos se ponía fin a casi 16 décadas de tensión conocida como la «cuestión romana», surgida tras la toma de Roma por las tropas del Resurgimento en 1870 y la desaparición de los Estados Pontificios.

Los Pactos, firmados el 11 de febrero de 1929 y ratificados el 7 de junio de ese mismo año, se componían de tres documentos independientes pero interconectados:

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  1. El Tratado político, que reconocía la plena independencia y soberanía de la Santa Sede, creando el Estado de la Ciudad del Vaticano como entidad soberana. Este nuevo microestado, de apenas 44 hectáreas dentro de Roma, garantizaba a la Iglesia católica autonomía política, la capacidad de mantener relaciones diplomáticas internacionales y la inmunidad para sus territorios y propiedades.
  2. El Concordato, que regulaba las relaciones entre la Iglesia y el Estado italiano bajo el principio de «Iglesia libre en Estado libre». Italia declaraba el catolicismo como religión oficial del Estado, otorgaba validez civil exclusiva a los matrimonios católicos (excluyendo otros ritos), eximía al clero del servicio militar obligatorio y restablecía los capellanes castrenses. A cambio, el papa se comprometía a notificar al gobierno los nombramientos de obispos y arzobispos, exigía a estos jurar lealtad al Estado antes de asumir el cargo y prohibía al clero participar en actividades políticas. Pío XI insistió en que el concordato era inseparable del tratado: simul stabunt aut simul peribunt (juntos permanecerán o juntos perecerán), advirtiendo que cualquier violación del uno implicaría la ruptura del otro.
  3. La Convención financiera, mediante la cual Italia compensaba económicamente a la Santa Sede por las pérdidas territoriales de 1870, además de reconocer la extraterritorialidad e inmunidad fiscal de diversos edificios eclesiásticos en Roma y otras ciudades, como basílicas, palacios apostólicos e institutos.

El impacto de los pactos fue inmediato y profundo. Para la Santa Sede, suponían el fin del aislamiento al que se había sometido por el nuevo Estado Italiano desde 1870 —cuando Pío IX se declaró «prisionero en el Vaticano»— y el restablecimiento de su estatus como actor soberano en el escenario internacional. Para el régimen de Mussolini, representaban un éxito propagandístico: legitimaban el régimen y la monarquía ante los católicos italianos (mayoría de la población) y obtenían el respaldo moral de la Iglesia al Duce y al Rey de Italia.

El concordato otorgó a la Iglesia el control de educación: se impuso la enseñanza obligatoria de la religión católica en las escuelas públicas, se colocaron crucifijos en aulas y tribunales, y se concedieron privilegios a las instituciones confesionales. Estos elementos reforzaron la influencia eclesiástica en la sociedad italiana y en el Estado Italiano.

Los Pactos de Letrán marcaron el nacimiento oficial del Vaticano como el estado más pequeño del mundo y resolvieron una herida histórica abierta entre la Iglesia y el Estado desde la unificación italiana. Aunque el concordato fue revisado en 1984, el tratado fundacional sigue vigente y constituye la base de las relaciones entre la Santa Sede y la República Italiana.

En mi opinión, aquellos acuerdos del 11 de febrero de 1929 no solo crearon un Estado, sino que redefinieron el equilibrio entre fe y poder en la Italia del siglo XX, en un contexto de transformación social y política.

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