El abogado penalista y su oficio: con Víctor Correas Sitjes, en ‘Ultima Ratio’
Antonio J. Rubio conversa con el magistrado de la Audiencia Provincial de Girona a propósito de su último libro
El abogado penalista y su oficio: con Víctor Correas Sitjes, en ‘Ultima Ratio’
Antonio J. Rubio conversa con el magistrado de la Audiencia Provincial de Girona a propósito de su último libro
En este episodio de Ultima Ratio, el abogado penalista Antonio Jesús Rubio Martínez conversa con Víctor Correa Sitges, magistrado de la Sección Cuarta de la Audiencia Provincial de Girona, a propósito de su libro Defender. El abogado penalista y su oficio, publicado por Editorial Atelier y escrito conjuntamente con el abogado penalista Manel Mir i Tomàs. A lo largo de la conversación, se abordan cuestiones esenciales sobre el ejercicio de la defensa penal, desde una doble mirada —abogacía y judicatura— que permite reflexionar con especial profundidad sobre el oficio, sus exigencias éticas y sus dilemas prácticos.
Pensar la defensa como oficio
El punto de partida del libro es una constatación clara: en la tradición jurídica continental son escasos los textos que reflexionan de manera sistemática sobre el oficio del abogado penalista, más allá de los grandes manuales de Derecho penal sustantivo o procesal. La defensa penal suele aprenderse en la práctica, a base de experiencia acumulada, errores y correcciones, sin demasiados referentes escritos que aborden el núcleo de la profesión.
La obra de Correa Sitges y Mir i Tomàs nace precisamente de esa carencia. Su origen se encuentra en una experiencia docente, cuando ambos fueron invitados a impartir un seminario práctico en la Universidad de Girona. Aquella reflexión inicial acabó cristalizando, tras varios años de trabajo, en un libro breve pero extraordinariamente condensado, estructurado en 78 consejos que destilan décadas de ejercicio profesional.
Los autores subrayan desde el inicio que no se trata de un manual ni de un código de conducta cerrado. Los consejos no pretenden imponer un modelo único de defensa, sino ofrecer una forma posible y coherente de ejercer la abogacía penal, abierta al debate y a la reflexión crítica.
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Un libro pensado para empezar… y para detenerse
Aunque el público inicialmente imaginado eran estudiantes de Derecho, abogados en prácticas o profesionales recién colegiados, el impacto del libro ha sido mucho más amplio. Penalistas con una trayectoria consolidada han encontrado en él un espacio para detenerse y repensar inercias adquiridas con el tiempo.
Como señala Correa Sitges, uno de los grandes problemas del ejercicio profesional es la falta de tiempo para pensar. La presión de los plazos y la acumulación de procedimientos empujan a repetir fórmulas sin cuestionarlas. Sin embargo, repetir no siempre equivale a mejorar: a veces solo convierte al abogado en reincidente. En ese sentido, el libro actúa como un recordatorio incómodo pero necesario de que la experiencia también exige reflexión.
Cliente, familia y límites profesionales
Uno de los bloques más reconocibles del libro es el dedicado a la relación con el cliente y su entorno, especialmente en situaciones de alta carga emocional. La defensa de amigos o familiares ocupa aquí un lugar destacado. Según la experiencia de los autores, se trata de uno de los errores más frecuentes en las primeras etapas de la profesión: una decisión en la que suele haber mucho que perder —en lo personal y en lo profesional— y muy poco que ganar.
La conversación pone también el foco en los conflictos que surgen cuando la familia asume el pago de la defensa. Aunque resulte comprensible su implicación, el cliente sigue siendo el acusado, y preservar ese espacio resulta esencial para una defensa eficaz. El abogado debe garantizar un ámbito de serenidad y control en la toma de decisiones, minimizando interferencias externas.

(Imagen: E&J)
Medir expectativas: una habilidad invisible
Desde su actual posición como magistrado, Correa Sitges ofrece una reflexión especialmente valiosa sobre la madurez profesional del abogado penalista. A su juicio, una de las habilidades más importantes —y menos visibles— es la capacidad de medir correctamente las expectativas del procedimiento.
Tan problemático resulta sobreestimar las posibilidades de éxito y rechazar conformidades razonables como infravalorar una defensa sólida y acudir al pacto por inercia. El buen penalista no es ni un pactador sistemático, ni un celebrador compulsivo, sino alguien capaz de evaluar el caudal probatorio con realismo y ajustar su estrategia a cada caso concreto.
Defensa, visibilidad y vanidad
La conversación aborda también un fenómeno cada vez más presente en la profesión: la exposición del abogado penalista en redes sociales y la construcción pública de una imagen de éxito permanente. Correa Sitges distingue con claridad entre el error profesional —propio de cualquier proceso de aprendizaje— y algo mucho más grave: anteponer los intereses del abogado a los del cliente.
Cuando la estrategia procesal se diseña pensando en la visibilidad, la reputación o el marketing personal, se desnaturaliza la función de la defensa. La abogacía penal exige humildad: en muchos casos, la mejor actuación es discreta, poco lucida y prácticamente invisible, pero jurídicamente eficaz y respetuosa con los intereses del defendido.
Estudiar siempre, y no solo Derecho penal
Otro de los ejes centrales del libro es la formación permanente. Un abogado penalista no puede dejar de estudiar nunca si aspira a ejercer con rigor. Pero ese estudio no se limita al Derecho penal positivo. La conversación subraya la importancia de disciplinas como la teoría de la prueba, la psicología del testimonio o la criminología, que permiten abandonar intuiciones y estereotipos para construir defensas racionales y justificadas.
Desde la judicatura, esta formación resulta incluso más exigente. Incorporar estos conocimientos obliga a revisar sesgos cognitivos y prácticas arraigadas, pero constituye una condición necesaria para una valoración probatoria compatible con las exigencias del debido proceso.

(Imagen: Amazon)
Preparación, control y dignidad en sala
El libro dedica especial atención a aspectos aparentemente menores —la preparación técnica del juicio, la identificación precisa de documentos, la estrategia en la declaración del acusado o el uso de la última palabra— que, en realidad, pueden resultar decisivos.
Una defensa mal preparada no solo pierde oportunidades procesales, sino que proyecta una imagen de desorden que puede influir en la percepción del tribunal. La defensa penal es, ante todo, un acto de control: del procedimiento, del tiempo, de la información y de las decisiones que se adoptan en sala.
En el tramo final, los autores reflexionan sobre la dignidad profesional. No como una exigencia impuesta por la toga o por el ritual judicial, sino como algo que se construye con el comportamiento, el respeto al proceso y la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.
Un libro para hoy y para mañana
Defender. El abogado penalista y su oficio evita conscientemente referencias coyunturales, reformas legislativas concretas o jurisprudencia pasajera. Esa decisión convierte el libro en un texto atemporal, válido hoy y dentro de diez años, e incluso extrapolable a otros sistemas jurídicos.
Más que enseñar a defender un caso concreto, la obra invita a pensar qué significa defender en serio. Y esa es, probablemente, su mayor aportación: recordar que la defensa penal no es un espectáculo ni un producto, sino un oficio exigente que se ejerce, día a día, con responsabilidad, rigor y respeto a los derechos fundamentales.
