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La firma

¿Qué enseñamos en la universidad cuando el contenido ya lo tienen los alumnos?

"Enseñar al abogado a asumir la responsabilidad es enseñar Derecho"

(Imagen: E&J)

Francisco José Peláez Sanz

Abogado y rector UNIPRO, Universitat Digital Europea




Tiempo de lectura: 4 min

Publicado




La firma

¿Qué enseñamos en la universidad cuando el contenido ya lo tienen los alumnos?

"Enseñar al abogado a asumir la responsabilidad es enseñar Derecho"

(Imagen: E&J)

Este septiembre entraré en clase sabiendo algo incómodo: mis alumnos ya lo tienen todo. Tienen el material completo de la asignatura, desarrollado y con vertiente práctica, colgado desde el primer día. Y tienen un asistente de inteligencia artificial capaz de explicárselo cuantas veces quieran, a la hora que quieran, con una paciencia que ningún profesor puede ofrecer y —esto es lo importante— adaptado a lo que cada uno necesita. Si mi función fuera transmitir el contenido, mi clase habría quedado vacía de función.

Durante generaciones, la universidad descansó sobre un supuesto tan evidente que nunca hizo falta enunciarlo: el contenido era un problema —escaso, o demasiado extenso, o disperso—. El profesor lo dominaba, el alumno no, y la clase era el lugar de la transferencia. Los apuntes, los manuales y los exámenes de reproducción eran la logística de esa transferencia. Ese supuesto ha dejado de ser cierto, y ante la evidencia caben dos reacciones: la defensiva —prohibir, restringir, fingir que nada ha cambiado y seguir explicando el temario a quien ya lo tiene— o hacerse en serio la pregunta: si el contenido ya lo tienen, ¿qué enseñamos?

Global IA

La pregunta tiene respuesta, y es más exigente —no menos— que el modelo que sustituye. La Facultad de Derecho ya no puede proponerse únicamente formar personas que sepan Derecho: debe formar personas capaces de tomar buenas decisiones jurídicas. No es un eslogan. Quien sabe Derecho responde preguntas; quien decide en Derecho resuelve problemas: elige la acción, el momento, la prueba, el riesgo que asume y el que descarta. El cliente no acude al despacho a que le reciten la ley: acude a que alguien decida con fundamento qué hacer con su conflicto. Y esa es, exactamente, la frontera de la máquina: la IA genera contenidos, propone opciones, redacta borradores; lo que no puede hacer es decidir por alguien y responder de ello ante un cliente y un tribunal.

Formar para ese territorio exige producir en el alumno tres transformaciones. La primera va del contenido al conocimiento, porque disponer de los contenidos no es conocerlos: el que tiene el material y un asistente que se lo explica cree saber, como quien tiene una enciclopedia en casa cree tener cultura. El contenido es externo y consultable; el conocimiento es una estructura interna que permite reconocer un problema y aplicarle lo que corresponde. Esa estructura —el mapa, la jerarquía de lo esencial, el para qué de cada institución— no la da el contenido por completo que sea: la aporta la formación.

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La segunda va del conocimiento al discernimiento. Nuestros alumnos ejercerán en un entorno donde la información llega generada por sistemas extraordinariamente fluidos y ocasionalmente erróneos, que presentan lo cierto y lo equivocado con idéntica seguridad. La IA no avisa de sus fallos: los comete con elegancia. Saber ya no basta; hay que saber verificar. Y el discernimiento se enseña: conocimiento suficiente para que el error «chirríe», el hábito de acudir a la norma cuando chirría, y la experiencia de haber cazado errores. En mi aula, los alumnos auditan textos jurídicos generados por IA, con errores que deben localizar y probar con la ley en la mano. Parece un ejercicio académico; es una descripción bastante exacta de su primer día de despacho.

(Imagen: E&J)

La tercera va del discernimiento a la decisión estratégica. El ejercicio del Derecho es una sucesión de decisiones bajo incertidumbre: ¿negocio o demando? ¿Qué pido? ¿Qué pruebo? Cada elección abre unas puertas y cierra otras, algunas para siempre. El criterio que sustenta esas decisiones se acaba de formar con la práctica, es verdad; pero la Universidad puede iniciarlo dando práctica con consecuencias —el escrito que, una vez presentado, no se puede modificar; la posición que, una vez firmada, hay que defender—. El error pedagógicamente perfecto es el que duele y no daña.

Las tres transformaciones convergen en un punto que la IA ha vuelto más central que nunca: alguien tiene que firmar. La máquina puede generar el escrito, pero ante el cliente y el tribunal responde una persona, con su nombre y su colegiación. Y solo responde con fundamento quien conoce lo que firma, ha verificado lo que firma y ha decidido lo que firma. «Quien firma, responde» no es una regla disciplinaria: es la definición del abogado en la era de la inteligencia artificial. Mientras la máquina produce contenido sin responder de él, el jurista es, exactamente, el que responde.

¿Y el profesor? Su clase también se transforma. La magistral descriptiva —la que recorre el índice definiendo y clasificando— la hacen hoy el material y la máquina, y la hacen mejor. Pero hay otra, que ninguna máquina puede dar: aquella en la que el profesor no muestra el contenido sino su cabeza funcionando sobre el contenido — razona en voz alta con los descartes incluidos, dice qué es pacífico y qué discutido, dónde la ley dice una cosa y los juzgados hacen otra. Me aplico una disciplina al preparar cada sesión: preguntarme, de cada bloque de cinco minutos, «¿esto lo podría decir la IA?». Si la respuesta es sí, lo recorto y lo sustituyo por lo que solo yo puedo aportar.

La conclusión cabe en una línea. El contenido lo da la máquina; el conocimiento, el discernimiento y la decisión los forma la universidad; la responsabilidad la asume el abogado. Enseñar a asumirla es enseñar Derecho hoy.

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