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Estilo de Vida

Una lectura jurídica de la novela ‘Yo, Rajel Ezra. La amante de Alfonso VIII’

La obra es una investigación narrativa que atraviesa algo más de dos siglos y dos episodios del imaginario peninsular

(Imagen: E&J)

Tiempo de lectura: 4 min

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Estilo de Vida

Una lectura jurídica de la novela ‘Yo, Rajel Ezra. La amante de Alfonso VIII’

La obra es una investigación narrativa que atraviesa algo más de dos siglos y dos episodios del imaginario peninsular

(Imagen: E&J)

Yo, Rajel Ezra. La amante de Alfonso VIII no es una novela histórica al uso, y quizá ahí radique gran parte de su interés para un lector acostumbrado a pensar en términos de prueba, razonamiento y revisión crítica. El libro de R.K. Yafa, seudónimo con el que firma la escritora Raquel Jiménez Martín, se articula como una investigación narrativa que atraviesa algo más de dos siglos y dos episodios del imaginario peninsular: el reinado de Alfonso VIII, con la batalla de las Navas de Tolosa como telón de fondo (1212), y la figura de Suero de Quiñones, protagonista del célebre Paso Honroso (1434). Dos historias aparentemente inconexas que la autora analiza mediante un mismo método: la sospecha razonada frente al relato heredado.

El lector jurista reconocerá pronto un terreno familiar. No se trata de recrear el pasado como decorado literario, sino de interrogarlo. Yafa parte de aquello que suele darse por cerrado —las grandes victorias, los gestos caballerescos, los personajes convertidos en símbolo— para volver a examinar las costuras del relato. La novela avanza como lo haría una investigación compleja: no desde una prueba definitiva, sino desde la acumulación de indicios, silencios documentales y coincidencias cronológicas que, al ser leídas en conjunto, reclaman una explicación más elaborada que la versión tradicional.

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En el caso de Alfonso VIII, la autora desplaza el foco desde la épica de 1212 hacia sus consecuencias políticas y personales. La victoria de las Navas de Tolosa suele presentarse como punto final, como cierre glorioso de una trayectoria. Sin embargo, el libro invita a mirar el después: la proximidad temporal entre la muerte del rey, la de su esposa Leonor Plantagenet y la del alférez de la batalla, Diego López de Haro, da mucho que pensar. Y es que las tres muertes ocurrieron en poco más de un mes.

Por otra parte, Rajel Ezra —la llamada “judía de Toledo” y supuesta amante del rey Alfonso VIII— emerge como un caso paradigmático de cómo la historia convierte a determinadas figuras en categorías. Mujer, judía y cercana al poder, su presencia resulta funcional para explicar crisis, derrotas o tensiones internas. La novela no pretende resolver definitivamente el debate historiográfico sobre su existencia o su papel, aunque la autora cita fuentes que avalan que esta relación existió, sino mostrar cómo se construye un personaje cuando la documentación es escasa y la carga simbólica enorme. Para quien trabaja en el mundo del derecho, la analogía es inmediata: testigos indirectos, relatos interesados, prejuicios estructurales y la tentación permanente de confundir interpretación con hecho probado.

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Ese mismo procedimiento reaparece, dos siglos más tarde, en el tratamiento del Paso Honroso. Suero de Quiñones ha sido convertido en emblema de la caballería tardomedieval, en gesto romántico de amor cortés y sacrificio ritual. Yafa propone una lectura menos complaciente y más compleja. El famoso paso de armas no se reduce a una escenificación individual, sino que se inserta en una red de intereses políticos, circulación de personas y control simbólico de un espacio clave del Camino de Santiago, en una época en la que había muchas tensiones entre el reino de Castilla y el de Aragón. El relato caballeresco se revela entonces como una capa —quizá la más visible— de una operación con mayor densidad estratégica.

Aquí la novela despliega uno de sus movimientos más sugerentes: tratar el episodio como si fuera un expediente con versiones superpuestas. ¿Qué se cuenta? ¿Qué se omite? ¿Quiénes participaron en ese evento de caballería? ¿Qué intereses quedan reforzados por la lectura tradicional? La autora introduce la idea de que el Paso Honroso pudo tener objetivos no declarados, un “plan B” que la historiografía ha pasado por alto al quedarse en la superficie del gesto caballeresco. De nuevo, no se impone una conclusión cerrada, sino una reconstrucción plausible que obliga al lector a reconsiderar lo que creía conocer.

Este enfoque ha sido señalado por diversos catedráticos de historia medieval y del arte de diferentes universidades españolas como uno de los principales valores del libro. Estos académicos destacan de forma reiterada el rigor del trabajo documental, la solidez del planteamiento y, sobre todo, la capacidad de la obra para formular preguntas pertinentes allí donde la tradición había optado por la simplificación. Según ellos, la novela abre líneas de reflexión e investigación sobre episodios excesivamente estabilizados por la repetición.

Hay en Yo, Rajel Ezra una defensa implícita de la mente abierta, pero no entendida como consigna banal, sino como disciplina intelectual. La apertura aquí exige método, años de documentación y una disposición constante a aceptar que el conocimiento es provisional. En ese sentido, la novela dialoga de forma natural con la cultura jurídica: ambas trabajan con textos heredados, con interpretaciones autorizadas y con la necesidad de distinguir entre lo que se afirma, lo que se prueba y lo que simplemente se da por supuesto.

Para el lector de Economist & Jurist, el interés del libro no reside solo en su materia medieval, sino en el ejercicio que propone. Leerlo es acompañar un proceso de razonamiento que se atreve a reabrir “casos” cerrados por la costumbre. Alfonso VIII y Suero de Quiñones aparecen como sujetos históricos sometidos a interpretación y revisión crítica. Y esa operación —la de revisar críticamente lo heredado sin destruirlo— es una de las competencias más valiosas tanto en el derecho como en cualquier otro ámbito del conocimiento.

Más que ofrecer respuestas cómodas, la novela exige atención y disposición al debate. Precisamente por eso, puede resultar una lectura especialmente estimulante para quienes saben que las verdades sólidas no se construyen repitiendo fórmulas, sino examinando de nuevo los fundamentos sobre los que se apoyan.

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