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La economía colaborativa y el derecho del trabajo

La economía colaborativa y el derecho del trabajo

Por  Manel Hernàndez Montuenga. Socio y Director de Oficina de Barcelona de Sagardoy Abogados

 

EN BREVE: Bajo el concepto de economía colaborativa se incardinan nuevos modelos de organizaciones cuyo objetivo general es conectar diferentes tipos de demandas de servicios directamente con el proveedor de los mismos. El origen de este modelo está ligado a dos hitos muy concretos: la revolución tecnológica y la crisis económica iniciada en el año 2007.

El sistema normativo laboral afronta las nuevas situaciones que plantea este modelo con dificultades. Frente a las voces que plantean la aplicación de las normas del derecho del trabajo consolidadas, se apunta por todos los sectores implicados la necesidad de modificar el marco legal.

 

SUMARIO

1.- El concepto de economía colaborativa

2.- El encaje en la normativa laboral actual

 

 

1.- El concepto de economía colaborativa

La popularización de los dispositivos de telefonía móvil de altas prestaciones (los denominados smartphones) es una realidad consolidada. A pesar de su alto coste en países como España (tanto del teléfono como de la correspondiente línea de voz y datos), se han considerado por la ciudadanía como un bien de primera necesidad. Hay estadísticas que equiparan en nuestro país el número de estos dispositivos con el de la población.

Las razones por las cuales todos tenemos este tipo de dispositivo están ligadas a dos factores: las posibilidades que ofrece y el hecho que todas las personas de nuestro entorno, tanto laboral como particular, lo utilizan. Una persona sin smartphone sería hoy un Robinson Crusoe. Dejaría de estar permanentemente conectado a su familia, amigos, aficiones y por supuesto, a su trabajo.

La irrupción del smartphone de Apple en plena crisis económica mundial 2007 no deja de ser una paradoja. Un nuevo dispositivo con una serie de soluciones tecnológicas que se difundiría rápidamente en el mercado y al que le aparecerían competidores de forma casi inmediata.

Las posibilidades que ofrece el mismo, al otorgar casi desde el inicio similares prestaciones a las de un ordenador en cuanto a conectividad y a aplicaciones, ha comportado una evolución de su uso. Las redes sociales se utilizan a partir de ese momento de forma preferente en los smartphones y la iniciativa de grandes corporaciones y también pequeños emprendedores no son ajenas a este fenómeno, explotando un sinfín de aplicaciones específicas para estos dispositivos.

Sin duda con una clara motivación de respuesta a la situación de crisis económica, comienzan a aparecer aplicaciones para estos dispositivos, configuradas inicialmente como redes sociales, que permiten a sus usuarios intercambiar bienes o servicios. El ejemplo más claro es el de las aplicaciones que permiten a sus usuarios organizar viajes en automóvil compartiendo gastos. Así, una persona que tiene previsto hacer un desplazamiento en su vehículo particular lo anuncia en la correspondiente aplicación y otra persona que debía hacer dicho viaje por otros medios pueda compartir ese viaje asumiendo una parte de los gastos… que siempre resultará de un coste inferior que si fuera a un sistema de transporte alternativo o bien si lo realizara por sus propios medios.

La colaboración entre usuarios de estas aplicaciones o plataformas es pues la base de su funcionamiento, y de ahí el nombre de economía colaborativa, surgido quizá inicialmente pensando en la inexistencia de lucro (para los usuarios) y en la obtención de bienes y servicios a precios reducidos, buscados en un escenario de profunda crisis económica.

Dicho concepto se ha ido ampliando, al introducir entre los usuarios ofertantes y receptores de los servicios que ofrecen esas plataformas a un tercero. El caso más claro también podemos encontrarlo en las plataformas que no sólo cruzan la oferta y la demanda, sino que también transportan el bien o servicio adquirido utilizando los servicios de dichos terceros, que también son considerados usuarios de la plataforma.

Esta relación bilateral (ofertante/receptor) o trilateral (ofertante/prestador/receptor), surgida por y en el marco de la plataforma, plantea unos retos muy importantes a nivel del derecho del trabajo.

El primero de ellos está relacionado con la intensidad del servicio, de tal forma que la relación bipartita o tripartita se agota en cada petición, concentrándose la demanda en una suma de peticiones, en muchas ocasiones simultáneas. Pensemos en actividades de suministro de alimentos o en transportes. Por ello se identifica también en estos casos economía colaborativa con la economía de demanda (gig economy) aludiendo a otra de las características de este modelo de actividad.

Por otro lado, la plataforma o aplicación que crea el canal de ofertas y demandas sin duda alguna realiza esta actividad con ánimo de lucro. Los creadores de la idea han invertido tiempo y dinero en desarrollar su producto y ponen los medios necesarios para que los usuarios la utilicen, y desean por tanto recuperar su inversión y tener beneficios.

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