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Crónica de una asistencia a detenido por asesinato machista

Un domingo de agosto, un atestado ambiguo y la certeza de que lo evidente también merece una duda

(Imagen: E&J)

Salvador Castillejo

Abogado penalista. Socio de Exculpa Abogados




Tiempo de lectura: 6 min

Publicado




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Crónica de una asistencia a detenido por asesinato machista

Un domingo de agosto, un atestado ambiguo y la certeza de que lo evidente también merece una duda

(Imagen: E&J)

Un sábado por la mañana sonó el teléfono. Al otro lado, el familiar de un hombre detenido el día anterior en Isla Cristina (Huelva) por la muerte de su pareja. Me contó —como abogado penalista que soy, en Andalucía, en Exculpa Abogados— lo que sabía, que no era mucho más de lo que ya contaba la prensa: una mujer sin vida con numerosas heridas de arma blanca, su pareja junto al cuerpo y una detención practicada por la Guardia Civil. Los titulares hablaban ya de un nuevo asesinato machista.

Lo escuché con atención. Pensé que era un caso rocambolesco. Y cuando terminó le dije lo que honestamente pensaba: que, si las circunstancias eran las que se estaban publicando, lo más probable —muy, muy probable— era que su familiar, el detenido, ingresara en prisión provisional.

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Todas las conversaciones que mantuve con la familia aquel día fueron en esa línea. No suavicé el pronóstico. La sinceridad, en estos casos, no destruye: construye. Un familiar que recibe una expectativa realista toma decisiones de manera informada; uno al que se le promete una salida fácil, no.

Pero ahí aparece la pregunta incómoda. ¿Cómo convences a alguien de que eres el abogado adecuado para asistir a su familiar, justo después de advertirle de que lo más probable es que acabe en prisión? La lógica diría que, si la prisión preventiva parece segura, cualquier abogado vale. No es así. Y este caso es el mejor ejemplo.

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(Imagen: E&J)

Lo que se dice y lo que se calla en las primeras horas de una detención, y las conclusiones que se alcanzan en ese tiempo, son determinantes. Apreciar algo que nadie ha visto. Enfocarlo de un modo que nadie ha interpretado. O, sencillamente, callar ahora para hablar —si procede— más adelante. Son decisiones que se toman en el momento, con la información disponible y sin posibilidad de ensayo. No hay dos detenciones iguales ni existe un manual de la asistencia al detenido. Lo que sí existe es la experiencia: cuantas más asistencias hace uno, más cosas es capaz de ver que a otros se les escapan.

A la mañana siguiente, el domingo 30 de agosto, salimos hacia el Juzgado de guardia. Durante todo el trayecto me inundó la resignación que acompaña a aquel que cree que sabe lo que va a suceder. Con lo que se sabía hasta entonces, todo apuntaba a una comparecencia de prisión provisional y a un cliente que no volvería a casa en mucho tiempo.

Cuando llegamos, el ambiente ya estaba enrarecido. Lo primero fue leer. Antes de hablar con nadie y antes de plantear nada, hay que saber qué hay en las actuaciones y en qué se 1 sostiene la detención. Estudiamos el atestado, los informes policiales y lo que ya constaba en las actuaciones judiciales. El atestado era bastante ambiguo. Las circunstancias en que se produjo la detención, con nuestro cliente al lado del cuerpo, pesaban mucho y explicaban por sí solas la hipótesis inicial.

Pero a medida que avanzábamos en la lectura, la resignación dio paso a la esperanza. Leídas con calma, las diligencias no conducían necesariamente a la conclusión que todos daban por hecha. Había elementos que no encajaban con una agresión y que, en cambio, eran compatibles con otra explicación, mucho más dolorosa. Había indicios de suicidio. Desde ese momento, esa fue la tesis que sostuvimos.

(Imagen: E&J)

Quedaba lo más delicado: preparar la declaración con nuestro cliente. No habla español, así que la entrevista se hizo con el intérprete, y pocas veces he sentido tanta urgencia y tanto desasosiego en una asistencia. No bastaba con que nuestro cliente contara lo que había ocurrido; era imprescindible que el intérprete entendiera bien su versión y la tradujera con las palabras precisas, ni más, ni menos. Un matiz mal trasladado puede convertirse, negro sobre blanco, en una contradicción, y en un caso así una contradicción aparente puede pesar más que cualquier indicio. Frente a nosotros había, además, un hombre que acababa de perder a su pareja, lejos de casa y sin entender buena parte de lo que se decía a su alrededor. En ese estado, un relato precipitado casi nunca ayuda. Controlar el relato significa precisamente eso.

Hasta aquí bien, ahora llega el paso que en una asistencia a detenido nunca puede faltar: la conversación con el Ministerio Fiscal. Saber qué medida cautelar va a solicitar es fundamental, y no solo para preparar la comparecencia. La prisión provisional únicamente puede acordarse si la pide alguna acusación (art. 505 LECrim). Si el fiscal no la solicita, y no hay otra parte acusadora que lo haga, no hay comparecencia de prisión posible y el investigado queda en libertad, con la medida que en su caso proceda. Que el Ministerio Fiscal concluya que la prisión provisional no es procedente es la forma más eficaz de evitarla. Esa conversación no consiste en adelantar la estrategia ni en discutir por discutir, sino en exponer con rigor por qué los indicios no sostienen la hipótesis inicial y qué diligencias pueden despejar las dudas en cuestión de horas.

La segunda conversación, igual de importante y bastante menos habitual, es con el propio juez de instrucción (la jueza, en este caso). En delitos complejos, y un presunto asesinato lo es, conviene conocer las dudas del juez antes de que adopte o fundamente cualquier decisión. No se trata de convencerle, sino de saber qué es lo que no le cuadra. Sólo así te aseguras que vas a centrar tu intervención en la comparecencia de prisión desde el prisma de la duda que tiene el juez. Si conoces las dudas de antemano, y se las resuelves en la comparecencia, hay una elevada probabilidad de que no acuerde la prisión provisional.

Todo esto ocurre contra el reloj. Y el abogado debe saber aprovechar ese tiempo.

(Imagen: E&J)

Y, precisamente, el tiempo se detuvo cuando el informe de autopsia llegó al Juzgado. Concluía lo que nosotros veníamos sosteniendo desde primera hora: había indicios de suicidio.

A partir de ahí, todo cuadró. El informe forense encajaba con la investigación completa que había realizado la Guardia Civil. El criterio del fiscal fue claro: libertad sin cargos. La jueza no adoptó ninguna medida. El Juzgado acogía la hipótesis del suicidio.

Cuando nos notificaron la libertad de nuestro defendido, los sentimientos fueron encontrados. Por un lado, la alegría y el alivio de saber que aquel hombre, al que esa misma mañana todo situaba camino de prisión, iba a salir en libertad. Por otro, la confirmación de lo que muchos ya pensábamos a esas alturas del día, y que no era motivo de celebración. Hay victorias de las que uno no puede alegrarse del todo.

Lo que en un primer momento parecía un claro caso de asesinato machista se había convertido, en el curso de una sola asistencia, en un claro caso de suicidio. Puedo asegurar que ha sido, sin duda, la detención más rocambolesca a la que me he enfrentado nunca.

Detrás de este caso hay una mujer que ha perdido la vida y una familia que la llora, y nada de lo anterior debe hacer olvidarlo. Tampoco pretendo atribuirme lo que no me corresponde. Si cuento esta historia es porque resume algo que en la abogacía penal no deberíamos perder de vista nunca: nuestro papel como defensores es fundamental, también —y sobre todo— en los casos que parecen estar claros.

(Imagen: E&J)

Estos casos nos recuerdan lo trascendental que es el abogado defensor en un Estado de Derecho. Nuestro papel como opositores a la versión acusatoria, generalmente ofrecida por las autoridades policiales y por el Ministerio Fiscal, es lo que permite que el juez adopte su decisión tras un verdadero ejercicio de duda. Sin defensa, nada garantiza que el tribunal atraviese ese proceso dubitativo antes de decidir, y una decisión que no ha pasado por la duda no puede estar a salvo de ella.

Algunas veces las cosas son lo que parecen. Otras tantas, no.

Esta mañana me han notificado el auto de sobreseimiento provisional y archivo de la causa, casi un mes después de aquel domingo de agosto.

Por la tarde he escrito esta crónica.

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