Solo uno de cada tres graduados en Derecho cotiza como titulado universitario
La carrera que «valía para todo» ya colocaba mal a sus graduados antes de que una máquina aprendiera a hacer en minutos el trabajo del abogado júnior; pero la misma revolución que extingue la profesión tal y como la conocíamos ha creado un perfil que los despachos buscan y casi nadie tiene
(Imagen: E&J)
Solo uno de cada tres graduados en Derecho cotiza como titulado universitario
La carrera que «valía para todo» ya colocaba mal a sus graduados antes de que una máquina aprendiera a hacer en minutos el trabajo del abogado júnior; pero la misma revolución que extingue la profesión tal y como la conocíamos ha creado un perfil que los despachos buscan y casi nadie tiene
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«Haz Derecho, que vale para todo».
Varias generaciones de padres españoles lo dijeron con la serenidad de quien recomienda una hipoteca a tipo fijo. Derecho era la carrera refugio, la que no cerraba puertas. Y tenían razón. Vale para todo. Sobre todo para trabajar de otra cosa.
Vale para todo, menos para ejercer
En 2025 se graduaron en Derecho 13.721 personas, el segundo campo de estudio más numeroso de España. Según los datos de afiliación a la Seguridad Social de esa promoción consultados para esta tribuna, cuatro años después solo el 64,5 % estaba afiliado, frente al 78% del conjunto de universitarios. De 108 campos de estudio, Derecho queda entre los catorce con peor afiliación, en compañía de Filosofía, Historia y Bellas Artes, esas carreras que los mismos padres desaconsejaban con un gesto de lástima. Y de los que sí trabajaban, solo el 52,6% cotizaba como titulado universitario. La cuenta sale sola. Uno de cada tres (el dato no recoge a quien ejerce por la Mutualidad de la Abogacía, y las oposiciones no cotizan, lo cual consuela poco).
Los que llegaron a ponerse la toga tampoco han encontrado El Dorado. Según el I Estudio Integral sobre la Situación de la Abogacía del Colegio de la Abogacía de Madrid y GAD3, un abogado madrileño menor de 35 años gana de media 27.900 euros brutos al año en un despacho pequeño o mediano, y 23.900 en uno unipersonal. Unos 1.990 euros brutos al mes como premio a un grado, un máster, un examen de Estado y la colegiación. Casi uno de cada diez jóvenes ejercientes se define como falso autónomo, que es la forma elegante de decir que trabaja como asalariado y paga como empresario.
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Lo más inquietante es que, con tanto graduado en la calle, los despachos no encuentran a quien buscan. La Agència per a la Qualitat del Sistema Universitari de Catalunya preguntó a los empleadores que contratan graduados en Derecho, y el 56% reconoció dificultades para cubrir los puestos. El motivo más citado, por el 61 %, era la falta de candidatos con las competencias necesarias. Los propios graduados situaban entre sus peores carencias las habilidades digitales y tecnológicas, con notas en torno al cinco. Sobran licenciados. Faltan los que hacen falta.
Ese es el mercado al que se asoma el estudiante que hoy está en cuarto y que este curso tiene que elegir máster de acceso. Lo que todavía no sabe es que esa elección decide de qué lado de la estadística va a quedar. Porque todo lo anterior ocurría antes de la máquina.

(Imagen: E&J)
El becario perfecto
Y entonces llegó el becario que todo socio había soñado. Lee miles de sentencias antes del primer café. Redacta una demanda mientras el júnior busca aparcamiento. No pide vacaciones, no conoce el convenio y jamás pregunta por la subida. Goldman Sachs estimó en 2023 que el 44% de las tareas jurídicas en Estados Unidos podían automatizarse.
Repásese qué hacía un júnior en su primer año. Revisar documentos. Buscar jurisprudencia. Redactar el borrador que el socio devolvía tachado en rojo. Era la mili del abogado, dura e imprescindible, porque en esas horas se aprendía el oficio. Esa mili ya la hace la máquina. En minutos.
Una pirámide sin base
El despacho tradicional es una pirámide. Arriba, pocos socios con clientes y criterio. Abajo, muchos júniors cuyas horas se facturan y sostienen el edificio. Cuando una herramienta hace en diez minutos lo que costaba veinte horas, ningún cliente sensato va a seguir pagando las veinte. Y lo primero que se cae de una pirámide es la base.
En Estados Unidos ya se oye el crujido. Citi preguntó este verano a 57 grandes despachos, y dos de cada tres prevén tener menos abogados de primer año en 2028 que en 2025. En España no hay un dato equivalente, y conviene no inventarlo. Pero el estudiante que hoy está en cuarto saldrá del máster y del examen, con suerte, hacia 2029. Justo después. ¿De dónde van a salir los socios de 2045 si en 2028 nadie fue júnior? No es una crisis. Las crisis pasan. Es la extinción de la profesión tal y como la conocíamos.

(Imagen: E&J)
Libérrima creatividad jurídica
El becario perfecto tiene un defecto. Miente con el aplomo de un catedrático. En febrero, la Sala de lo Penal del Tribunal Superior de Justicia de Canarias multó a un abogado por un recurso con 52 citas de jurisprudencia. Cuatro eran reales. Cuatro. En julio multó a otro por al menos 25 sentencias que no existían o no decían lo que él afirmaba. La Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Galicia impuso 1.800 euros por 24 citas falsas o alteradas, y calificó el escrito, con una elegancia que merece leerse entera, como un ejercicio de «libérrima creatividad jurídica». Ninguno de los tres era estudiante. Los tres estaban colegiados. Los tres firmaron.
El perfil que nadie tiene
Y, sin embargo, ahí está la paradoja. La misma máquina que deja sin trabajo al júnior de siempre convierte en imprescindible a otro tipo de abogado. El que sabe qué pedirle, la vigila, la corrige y responde de lo que firma, porque la máquina no tiene número de colegiado y él sí. Ese abogado es el que los despachos necesitan ya. Y casi no existe, porque ningún plan de estudios se ha molestado en fabricarlo.
Eso es lo que lo cambia todo, y es la razón de ser del Doble Máster de Acceso a la Abogacía y Abogacía Aumentada: IA y Negocio Jurídico, el máster oficial de acceso de E&J School, la Universidad Rey Juan Carlos y el Colegio de la Abogacía de Granollers. En el panorama de los másteres de acceso, su planteamiento es revolucionario. Forma al abogado para que convierta la inteligencia artificial en una extensión fiable de su criterio, no en su sustituto ni en su multa. Y lo hace sin renunciar a la puerta de siempre, la de los grandes despachos a los que E&J lleva años acercando a sus alumnos. Lo que cambia es cómo se llega. No como el júnior número cuarenta, dispuesto a revisar documentos que ya revisa una máquina, sino con un perfil que esos despachos todavía no tienen en plantilla.
Derecho ya no vale para todo. El abogado que sabe mandar sobre la máquina, sí.

