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Noticias Jurídicas

Sobre el juego del trilero, a colación de la derogación 52.d) del ET

AUTOR
Pablo Capel Dorado
Tiempo de lectura: < 1 min

Publicado

Delegar la responsabilidad de mejorar nuestras condiciones materiales y humanas a la clase política, además de disfuncional, constituye un ejercicio fatuo, harto ingenuo.

Esta semana, la colosal maquinaria de medios de comunicación satélites a los intereses burocráticos del ejecutivo, daban eco de la noticia disruptiva en materia normativa durante la semana: no se permitirá el despido por absentismo tras causas médicas justificadas. Todo ello rebozado de una retórica épica, trasladando la idea a la opinión pública de que alguien vela por nuestros intereses.

El trilero, primero, se aprovecha del desconocimiento del incauto. En este caso, un titular inflamado que dirige a una imagen mesiánica. Después viene el artificio: hacer creer que nuestros derechos quedan custodiados por lo magnánimo del ente, nuestro Gobierno. Y finalmente, la inversión que nunca se recupera: el saqueo a su bolsillo vía impuesto, de forma coactiva.





La maña del trilero es más amable, pues utiliza la persuasión. La del político se incardina en la dinámica coerción/sumisión, de cara a nutrir su dilatada nómina de intereses clientelares.





Mientras recibimos las supuestas dádivas que harán nuestra existencia más plena, en la puerta de atrás se confeccionan mecanismos de relojero para que el saqueo sea más amable, dizque sibilino, haciendo aumentar así los privilegios de la verdadera casta: la élite burocrática/funcionarial.

Los despidos seguirán existiendo. Se volverán a utilizar subterfugios legales para encarar las normas ad hoc. Los tribunales seguirán habilitando u bloqueando posibilidades. Nada, a fin de cuentas, cambiará radicalmente, ni se alterarán nuestras condiciones.

No hay derecho otorgado en el efectismo, en la norma estéril. No hay nada de revolucionario en todo esto: seguirá habiendo despidos, los hombres seguirán amando a las mujeres y la lluvia, cayendo en vertical.

Y únase a los autos de su razón.

Pablo Capel Dorado.

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