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Sala 2.0

Diez consejos para un joven abogado

Tomar en consideración estos diez consejos acercará al abogado al, muy legítimo objetivo, de encontrar su lugar en el exigente, pero apasionante ejercicio de la abogacía

Imagen de un abogado escribiendo sobre un papel. (Foto: El Plural)

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Tiempo de lectura: 9 min



Sala 2.0

Diez consejos para un joven abogado

Tomar en consideración estos diez consejos acercará al abogado al, muy legítimo objetivo, de encontrar su lugar en el exigente, pero apasionante ejercicio de la abogacía

Imagen de un abogado escribiendo sobre un papel. (Foto: El Plural)



A veces tenemos la impresión, tras media vida dedicada al ejercicio profesional de la abogacía, de que los abogados noveles se inician en esta actividad huérfanos de consejos, bien porque no los piden bien porque no se los dan. Puede ser que no los pidan por varias razones: timidez, inseguridad, inconsciencia, ignorancia, desidia… incluso arrogancia; y puede ser que no se los den quienes pueden ofrecerlos (abogados experimentados) porque la premura de los plazos y de los asuntos de los clientes desplazan lo importante (formar a los jóvenes) por lo urgente (el vencimiento e internet), sin contar que a veces los abogados más veteranos puede que también simplemente olvidemos realizar esa importante labor de mentoring para ayudar a los más jóvenes.

Así que hemos decidido parar un rato el reloj para reflexionar sobre esto y ver qué le podríamos decir a una persona, que empieza a dar sus primeros pasos como abogado, sobre lo que puede o lo que debe hacer en su propio interés o bienestar en el ejercicio de la abogacía, lo que, obviamente, redundará en beneficio de su carrera profesional y del servicio social que entraña.



Pero somos conscientes de las sabias palabras de Lope de Vega, que decía que no hay cosa más fácil que dar un consejo ni más difícil que saberlo tomar.

De todas formas, y para evitar frustraciones, cualquier abogado debería interiorizar que el abogado suele combinar días de gloria y pasión por la profesión, esos días en los que todo sale bien, con días ingratos, ya sea por sentirse incomprendido por un Juez, un cliente u otro compañero de profesión.

1. Disfrutar de la profesión

Llegados a este punto, entendemos que el lector de este artículo será un abogado o estará en el camino de serlo. Pues bien, ya hayas elegido esta profesión por vocación o por eliminación, disfrútala. El derecho está presente en todo lo que hacemos en nuestro día a día, ofrece la posibilidad de ayudar a muchas personas a resolver sus conflictos proporcionándoles así mayor bienestar, y te puede permitir alcanzar un alto nivel cultural y conocer a muchísimas personas, compañeros de profesión, empresas y sectores industriales y comerciales diversos.

Si enfocas la profesión con optimismo, con ilusión y con esfuerzo, el éxito está garantizado.

2. Revisar el Estatuto General de la Abogacía

La primera y más elemental recomendación que debe hacerse a un recién colegiado es que se lea el gran libro de los consejos para abogados. Este libro no es ni una novela ni un ensayo. Es una ley, el Estatuto General de la Abogacía (Real Decreto 135/2021, de 2 de marzo). Aquí están casi todos los consejos que debe tomar, y poner en práctica, un abogado en ejercicio, pues no en vano son normas, y ya se sabe que las normas son de obligado cumplimiento.

Portada del artículo titulado “Las novedades introducidas en el nuevo Estatuto General de la Abogacía Española (I)” publicado el 22/05/2021. (Diseño: Cenaida López/Economist & Jurist)

Allí se habla de cosas tan fundamentales y elementales para esta profesión liberal como el secreto profesional, algo que debemos tener muy presente, pues los españoles tenemos un defecto muy acusado, incompatible con el deber de guardar secreto de los asuntos que nos encomiendan los clientes: el cotilleo. No exageramos si decimos que cotillear es un deporte nacional que nos suele llevar a las personas a hablar de manera indiscreta (incluso maliciosa) sobre una persona o sus asuntos. Un abogado no puede permitirse este lujo, porque si algo nos caracteriza a los abogados es la honorabilidad, es decir, merecemos el respeto o la estima de los demás, no porque sí, sino porque se espera que nuestro comportamiento sea ejemplar.

Es oportuno mencionar, llegados a este punto, las palabras de otro ilustre de nuestra literatura, Don Quijote de La Mancha, que le dijo en una ocasión a su compañero de fatigas, Sancho Panza, además de que fuese aseado, algo que vine muy al caso del secreto profesional: “sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra”.

Y, por citar algún aspecto también básico de esos consejos normativos, mención especial merece lo dispuesto en lo que hace a las relaciones entre profesionales de la abogacía, con clientes y con la Administración de Justicia. Allí se indica el patrón de comportamiento que se exige a un abogado cuando trata con otros abogados, con sus clientes y con los Tribunales.

3. Organización

 Es habitual que un abogado que empieza a trabajar esté más perdido que el teniente coronel Custer en Little Bighorn. Te atacan por los cuatro puntos cardinales. No son indios Lakota, Cheyenne y Arapahoe. Son jefes, jueces y clientes. Para no sucumbir hay que saber priorizar. Y esto exige organización. Empezar todas las mañanas con un cuadernito en el que se listan las tareas diarias y se van tachando las realizadas, es primordial para sacar el trabajo controlando la situación. Pero el orden de esas tareas es importante para que el método organizativo propuesto no sea ineficaz.

El plazo judicial está en la cúspide de la pirámide. Su observancia es ineludible. Así que encabezando el orden de tareas debe estar siempre esto primero. Luego van los plazos comprometidos con los clientes. Y después todo lo demás. Pero hay algo muy importante que el abogado debe tener presente. El sentido común. Como no lo pongamos en práctica erraremos en la ejecución de nuestro trabajo, por mucho cuadernito que tengamos con tareas anotadas. Y aunque el sentido común no se enseña -se tiene o no se tiene-, con el tiempo y la experiencia se puede ir agudizando, por lo que hay que hacer siempre un ejercicio de reflexión y análisis antes de tomar cualquier tipo de decisión profesional (y ya de paso, también personal).

4. Comunicación

 Como en cualquier deporte de equipos, es fundamental que el abogado se comunique con sus compañeros, jefes, iguales o subordinados. En algunas ocasiones se pueden originar algunos malentendidos debido a una escasa o mala comunicación en un despacho… o con un cliente. No hay que dar nunca nada por sentado. En caso de duda hay que preguntar siempre. Las preguntas las hacen los valientes. Frases tales como “yo creía que”, “yo pensaba que”, “es que” o “pero” son fatales.

5. No busques problemas, encuentra soluciones   

El abogado debe resolver problemas, o al menos intentarlo. Con esto no queremos decir que sea malo identificar problemas, en especial en el análisis de asuntos jurídicos o en el trabajo diario. Saber identificarlos es un buen ejercicio diagnóstico. Pero no debemos pararnos ahí porque saber que existe un problema sin conocer cuál es su posible solución es una pérdida de tiempo, de energía y del humor de las personas. Cualquier problema detectado debe ir acompañado de una propuesta de solución. Y cuanto más difícil sea el problema, mayor será el reto del abogado. Nunca hay que desanimarse. Siempre hay una posible solución, como escuché un día a un compañero de profesión: “la solución a un problema en una demanda puede estar en el Documento 46, Anexo 8, Página 12, en el pie de página”. Esto quiere decir que hay que ser perseverante y trabajador porque siempre suelen encontrarse lagunas por las que atacar el problema… por eso siempre hay dos partes y suelen defender con cierto tino posiciones completamente enfrentadas.

Dicho de otra manera, el abogado debe ser siempre parte de la respuesta a un problema, y no parte del problema.

6. Leer para saber

Los abogados que son nativos digitales, es decir, nacidos en la era digital después de 1995, están más acostumbrados a consultar en internet cualquier duda inmediata que les surja, que a leer un libro para resolverla. Es más, quizá incluso piensen que no es necesario leer un libro porque cualquier información que necesiten la tienen al alcance de un clic en internet. Craso error. Este pensamiento vulgariza al abogado, que deja de aportar valor añadido a su trabajo para convertirse en uno más de una horda de abogados en ejercicio.

No debemos olvidar que el abogado es un jurisconsulto, palabra ya en desuso que significa perito en derecho: “persona que conoce profundamente la ciencia del derecho y se dedica principalmente a resolver consultas legales” (el énfasis es nuestro).

Los abogados con más éxito son aquellos que mejor hablan y escriben. Algunos pocos seguramente tengan ese don natural, pero la inmensa mayoría se han labrado esa habilidad a base de tiempo y esfuerzo, leyendo y escribiendo hasta la saciedad. Por lo tanto, es altamente recomendable dedicar cierto tiempo al cabo del año, que es muy largo y en él caben muchas cosas, a leer a los clásicos del derecho y artículos doctrinales “de verdad”, de nuestra especialidad o de materias aledañas que nos ayudarán a incrementar nuestro acervo jurídico, así como a mejorar nuestra forma de expresarnos tanto oralmente como por escrito.

7. Menos es más

En muchas ocasiones el abogado tiende a extenderse más de la cuenta, tanto cuando redacta como cuando se expresa oralmente. Esto es un error que hay que intentar hacer frente lo antes posible por dos motivos.

En primer lugar, porque no por mucho escribir se tiene más razón ni se demuestra que se ha trabajado más y mejor. Al contrario, es mucho más difícil sintetizar e ir al grano de la cuestión, exponiendo los problemas y ofreciendo las soluciones, que extenderse y repetirse constantemente sin aportar nada importante. Cada frase o cada párrafo tienen que aportar algo sustancial a la cuestión estudiada o tiene que tener un fin concreto. Todo lo demás, sobra, ya sea por redundante ya sea por innecesario.

En segundo lugar, porque cuando nos dirigimos a un Tribunal, tenemos que saber ponernos en su piel. Reciben cientos de escritos procesales al día, cada uno hecho con su propio estilo tanto de forma como de fondo, y hay que reconocerles la dificilísima labor que en muchas ocasiones tienen que hacer para escrudiñar el escrito y saber qué es exactamente lo que se está pidiendo o lo que se quiere decir. Tengamos piedad de ellos, empaticemos con su laborioso trabajo e intentemos hacerles las cosas lo más fáciles posibles, lo que sin duda redundará en un proceso más ágil para todos.

8. Cómo actuar en Sala

A colación de lo anterior, creemos fundamental aprender a comportarse cuando actuamos ante un Tribunal. Es sorprendente que, con la importancia que dicha labor tiene, prácticamente no se forme a los abogados ni durante la carrera ni durante los másteres de acceso a la abogacía, muchos de los cuales no dejan de ser una repetición del contenido de la carrera y que parecen estar más enfocados a superar el examen que a intentar también formar a los licenciados en derecho en las artes propias de la profesión.

Micrófono encendido en la sala de vistas de un juzgado de Huelva. (Foto: Alberto Domínguez/Huelva Información)

Lógicamente excede el objeto de este artículo dicha cuestión, pero sí podemos dar un par de consejos al respecto: el primero sería intentar empatizar con todas las personas que forman parte del procedimiento judicial, tratando a todos con el máximo de los respetos pero también con la naturalidad de quienes son compañeros y están trabajando en pos de la Justicia (abogados, jueces, auxiliares y procuradores); el segundo, intentar siempre ir al fondo de la cuestión, centrarse en lo importante, en lo controvertido, en lo complejo… y no perderse en el camino moviendo palabras o papeles como si no hubiera un mañana… El tiempo es oro.

9. Aprovechar cualquier oportunidad para aprender

Poco hay que añadir a este consejo que, por genérico, no deja de ser relevante. Del estudio de cada cuestión pueden surgir nuevos hilos de conocimiento. Tirar de ellos, desenredarlos y estudiarlos, es una costumbre que va configurando el conocimiento jurídico y, como nos dijo nuestro maestro hace muchos años, “va llenando el disco duro del cerebro para que, cuando seamos más mayores, tengamos una visión jurídica lo más amplia posible”. Cada asunto, cada conflicto, cada consulta planteada por un cliente, es una oportunidad para aprender. Aprendemos de todo, incluso cuando nos equivocamos, porque ya sabemos que ese no era el camino que debíamos tomar.

Es cierto que muchas veces tenemos mucha presión para estudiar y dar respuesta a un tema, pero tener un cuaderno de notas donde apuntar todos aquellos temas nuevos que nos surgen para revisarlos cuando tengamos oportunidad, es una buena costumbre.

10. Trabajar cada cliente o asunto como si fueran único

Finalmente, debemos ser muy conscientes de que cuando un cliente acude a un abogado, como cuando acude a un médico, es porque siente que tiene un problema y que necesita ayuda. Es fundamental ponerse en su situación, adaptarse a él, intentar entenderle lo mejor posible y trabajar en el asunto con la máxima dedicación y esfuerzo.

No debemos caer en el error de banalizar los problemas de nuestros clientes, ya sea por considerarlos “de segunda categoría”, ya sea porque el volumen de trabajo hace que para nosotros “sea un informe más, una demanda más, un juicio más, …”. Debemos poner toda la carne en el asador porque el cliente espera que su problema se resuelva de la forma más satisfactoria posible, y ello puede depender, en gran medida, del esfuerzo y del trabajo realizado por el abogado.

Epílogo

Por último, cabe recordar a modo de conclusiones, que las recomendaciones enumeradas no encierran un fin en sí mismas, sino que deben llevar al abogado primerizo a crecer y a desarrollar una carrera dentro del competitivo mundo de la abogacía. Y es que la autorrealización y la excelencia viene siempre de la mano del esfuerzo y compromiso del abogado para con sus clientes y consigo mismo. Tomar en consideración estos diez consejos acercará al abogado al, muy legítimo objetivo, de encontrar su lugar en el exigente, pero apasionante ejercicio de la abogacía. El éxito profesional no será nunca la causa, sino la consecuencia.

AUTORÍA

Pedro Merino, Socio de BAYLOS.
David Gómez, Managing Partner de BAYLOS.

 

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