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Estilo de Vida

Al encuentro de la felicidad

"Cada día de nuestra existencia vital debe ser un reto para lograr un cierto estado de felicidad, que se logra o se frustra, pero que siempre la buscamos"

(Foto: Freepik)

Magistrado-Juez de lo Social de Barcelona.

Tiempo de lectura: 7 min



Estilo de Vida

Al encuentro de la felicidad

"Cada día de nuestra existencia vital debe ser un reto para lograr un cierto estado de felicidad, que se logra o se frustra, pero que siempre la buscamos"

(Foto: Freepik)



No resulta poco o nada aventurado afirmar que el hombre, como persona con sentimientos, se encuentra sumido en la eterna búsqueda de la felicidad. Su vida no resulta plena o, cuando menos, satisfactoria, sino halla en ella la felicidad perseguida, querida, deseada, entendida en su componente subjetivo que conforma su propia personalidad y da sentido a su existencia.

Es más, existe la necesidad de que la felicidad se imponga como obligación porque la única manera de tener dignidad es alcanzar un grado determinado de felicidad.



Sin embargo, en la felicidad influye el elemento cultural y sociológico más que el económico, de modo que lo que deba entenderse como felicidad varíe de un colectivo o grupo social a otro. De este modo, para los miembros de una tribu del Amazonas o de cualquier paraje aislado de África, aislado de nuestra civilización, el poder cazar cada día, sanar con plantas o hablar con los suyos en torno a la hoguera cada noche les llena de satisfacción, les dignifica, les transfiere sentido a lo vivido.

Lo mismo nos sucede, en mayor o menor medida, cuando interrumpimos nuestro ritmo vital diario para irnos a dormir y, tras hacer balance de lo hecho ese día, despertamos en un estado de felicidad o, por contra, de infelicidad.

La felicidad supone, pues, la consecución de un estado emocional, en muchas ocasiones conectado con el deseo hecho realidad y que enlaza con nuestro estado anímico, de modo que éste alcanza su más alto grado de expresión en el placer, que no necesariamente ha de ser material o económico, sino simplemente poder gozar de salud, de sentir amor, mantener una buena relación con nuestros seres queridos, encontrar estabilidad laboral o profesional o creer en la existencia de una vida eterna más allá de la muerte, porque el hombre necesita creer, tener fe, confiar en que puede haber algo más allá de nuestra vida terrena, aun cuando siempre le asalte la duda razonable de cómo será, de cuál sea nuestro destino, en qué forma y condición viviremos esa nueva e ignota existencia. Pero la sola probable existencia de una vida más allá de la muerte permite perseguir esa felicidad, porque nuestra vida, personal, social, proyectiva, libre y cotidiana la tomamos como referencia hacia la deseada, o para algunos temida, existencia eterna, orientada en nuestro amor a Dios.

De algún modo, la felicidad no tan solo tiene un componente de autoconservación sino, también de autocontrol mental. Deseamos firmemente lograr ese equilibrio emocional que nos transmita seguridad, confianza en nosotros mismos y que haga posible la relación e interactuación con las demás personas, sumergirnos en la sociedad con el propósito de vencer los obstáculos que se nos presenten y que más allá del necesario comportamiento ético al que nos vemos impelidos, al control social, a las leyes impuestas por la tradición o el derecho, a los condicionamientos de clase, ya sean políticos, económicos o culturales, se imponga, se haga patente nuestra verdadera condición humana exteriorizada por el placer que representa vernos pletóricos de alegría, realizados, reconocernos ante nosotros mismos y ante los demás como únicos, como singulares, porque, aunque sea por unos instantes, hemos logrados ese clímax emocional que nos conduce al placer y rechaza el dolor, la indiferencia.

Y es que, la vida es una sucesión de alegrías y de penas, que impide que la felicidad sea plena y la relativice, reduciéndola a afrontar los sinsabores de la vida con una simple actitud positiva, o, simplemente, a apreciar y valorar lo que nos envuelve: un paisaje, la puesta del sol, la bravura del mar que rompe en la playa, la sonrisa de un niño, caminar por un sendero bajo la sombra de los robles.

(Foto: Freepik)

Existen, pues tantas experiencias o sentimientos de felicidad como queramos y, sobre todo, como deseemos, puesto que debe venir precedida de una predisposición y de una actitud positiva, aun cuando nos enfrentemos al trance último de nuestra existencia deseando un tránsito ordenado y digno que nos aparte del dolor y el sufrimiento.

Para Aristóteles, hay tres bienes que conducen a la felicidad: la virtud, la prudencia y el placer, y hay tres géneros de vida que escogen vivir todos los que tienen esta facultad de elección: la vida política, la vida filosófica y la vida del placer. Y por eso, precisamente, cada uno llama feliz a personas diferentes.

Pero justamente en esa diversidad de causas y de logros radica la felicidad. Para unos puede consistir en alcanzar un honor o mérito, para otros, las nobles acciones, esto es, las que se deprenden de la virtud, mientras que para muchos puede ser el goce, conectado con los placeres corporales o, bien, materiales.

Como dijera Galión (hermano mayor de Séneca), todos quieren vivir felices, pero andan a ciegas queriendo descubrir lo que hace feliz la vida. En palabras del propio Séneca, “hasta tal extremo es difícil alcanzar la felicidad en la vida que, cuanto más rápido se dirige uno hacia ella, más se aleja si la vía es equivocada, porque si va en sentido contrario, la misma velocidad produce una mayor distancia”.

Para los clásicos, la felicidad era sinónimo de una vida feliz, asentada sobre un juicio recto y firme, basada en la razón que respalda cualquier aspecto de su conducta. Sin embargo, la felicidad es mucho más compleja que todo eso, porque forma parte de nuestra personalidad.

Si atendemos a la definición que nos da el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la felicidad consiste en un estado de grata satisfacción espiritual y física o, bien, en la ausencia de inconvenientes o tropiezos.

Julián Marías, mi admirado filósofo, se preguntaba si la felicidad es exclusivamente humana o si bien los animales también pueden ser felices, respondiendo que no era claro ni seguro, añadiendo que para definirla era útil acudir a otros sinónimos como: dicha, suerte, fortuna, beatitud, ventura, bienaventuranza y algunas menos claras y cuya equivalencia con “felicidad” sería discutible. Pero también es posible designar las realidades contrarias a la felicidad: infelicidad, desgracia, desventura, mal suerte, infortunio o mala fortuna.

La propia Biblia enlaza el concepto felicidad con el latín beatus, de donde surge la bienaventuranza, lo dichoso, feliz, bienaventurado, de modo que la felicidad consiste en seguir los designios de Dios:

“Feliz el que ha sido absuelto de su culpa, porque el Señor lo protegerá; feliz el que cuida del débil y del pobre, porque el Señor lo conservará en vida; dichoso el que tú eliges y acercas, porque se saciará de los bienes de tu casa; dichosos los que habitan en tu casa, porque verán a Dios; feliz el que respeta al Señor, porque su descendencia será bendita.”.

Continuando en este intento definitorio, la felicidad, resultando ser un estado emocional, es naturalmente transitoria, en ocasiones fugaz, pero nunca imperecedera, definitiva, aunque puede que duradera, siempre conectada con la realidad, porque buscamos sentimientos o emociones que contribuyan a ellas, no meras expectativas o situaciones irreales, y pueden basarse en una acción (soy feliz porque trabajo o he comprado un coche), en una ausencia (soy feliz porque no tengo dolor) o en un propósito o pretensión (seré feliz cuando tenga hijos).

Por lo tanto, cada día de nuestra existencia vital debe ser un reto para lograr un cierto estado de felicidad, que se logra o se frustra, pero que siempre la buscamos.

(Foto: Freepik)

Desde un punto de vista científico, desde el siglo XVII se sabe que el alma y la felicidad residen en el cerebro, que es el gestor de nuestras emociones y de nuestras sensaciones, generando estímulos positivos que modulan nuestro comportamiento, pero también el que controla la toma de decisiones, modulando los estados de ansiedad, estrés, angustia, miedo o felicidad.

La felicidad, retomando su origen subjetivo y personal, se ha ido transformando con el devenir histórico y social, de manera que, hoy en día, se pueda alcanzar con situaciones que generen poder, vanidad, placer o seguridad, apartándose de un plano vitalista, sentimental, de capacidad de comprensión, como componente intelectual, muchas veces perseguida, ansiada, comprada, sin sujetarse al designio.

Actualmente, la felicidad forma parte de comportamientos consumistas, de forma que soy feliz en la medida que poseo bienes materiales, en que  accedo a determinados bienes de consumo. Pero la felicidad también se confunde con la ausencia de miedo, a poder perder nuestra seguridad personal o económica, a ser despedido, a no ascender profesionalmente, a no que no sea reconocida nuestra valía.

La cuestión sometida a debate es ciertamente difícil de abordar y existirán tantas opiniones y criterios como personas se decanten por una u otra definición. De lo que no hay duda es que la felicidad determina nuestra existencia, nuestra conducta, nuestra forma de ser, de comportarnos, de reaccionar, de afrontar los desencuentros de la vida, contribuyendo a transformar nuestra realidad y hacerla más placentera, a estimular nuestra capacidad sensitiva, transfigurando, temporalmente, nuestro entorno, haciéndolo más amable a nuestros ojos, aunque siempre con criterios de racionalidad y cediendo a una necesaria espontaneidad.

Y es que, retomando la concepción aristotélica, el hombre feliz es profundamente racional, prudente, reflexivo; alguien capaz de tomarse el tiempo necesario para medir las consecuencias de su acción. Antes de actuar debe aprender para decidir, para optar, para elegir lo bueno, lo correcto, con las únicas armas posibles: el logos (raciocinio) el ethos (conciencia moral) y el habitus (lo que se adquiere).

Para que exista felicidad es imprescindible un cierto grado de ilusión, sea individual o colectiva, que nos comprometa en una meta o en un proyecto, trascendente, emotiva, compartida, que forme parte de nuestra realidad vivida y por vivir. Y es que desear, en palabras de Ortega y Gasset, “supone la función vital que mejor simboliza la esencia de todas las demás”.

En suma, la proyección vital del hombre, su razón vital, entendida como la necesaria exaltación de la vida, debe nutrirse de una necesaria dosis de felicidad, sin la cual difícilmente muchas empresas y acciones quedarían en mero y vano intento, en fracasado fin.

Bibliografía
  • Aristóteles. “Ética a Nicómaco. Ética a Eudemo”. Ed. Gredos. 2019.
  • Küng, Hans. “Una muerte feliz”. Ed. Trotta. 2016
  • Marías, Julián. “La felicidad humana”. Alianza Editorial. 2005
  • Punset, Eduardo. “Por qué somos como somos”. Ed. Aguilar. 2008
  • Ortega y Gasset, José. “El tema de nuestro tiempo”. Ed. Austral. 2010
  • Revilla, Miguel Revilla. “Ser feliz no es caro”. Ed. Espasa. 2016
  • Savater, Fernando. “El contenido de la felicidad”. El País Aguilar.1993
  • Séneca, Lucio Anneo. “Sobre la brevedad de la vida, el ocio y la felicidad”. Ed. Alcantilado. 2013
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