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El próximo negocio multimillonario de un despacho de abogados puede tener poco que ver con el cobro de honorarios

Freshfields estudia separar su división tecnológica, atraer inversores externos e incluso llevarla a bolsa, transformando una herramienta interna en una nueva fuente de riqueza para sus socios

Abogado con programa propio de IA

(Imagen: E&J)

Rodrigo Corchero

Graduado en Derecho. Redactor en Economist & Jurist.




Tiempo de lectura: 4 min

Publicado




Tech & Management

El próximo negocio multimillonario de un despacho de abogados puede tener poco que ver con el cobro de honorarios

Freshfields estudia separar su división tecnológica, atraer inversores externos e incluso llevarla a bolsa, transformando una herramienta interna en una nueva fuente de riqueza para sus socios

Abogado con programa propio de IA

(Imagen: E&J)

Durante generaciones, el negocio de los grandes despachos ha seguido una fórmula conocida: contratar a los mejores abogados, atraer a los clientes más importantes y cobrar honorarios elevados por su asesoramiento. Freshfields está planteándose ahora algo radicalmente distinto: que una parte sustancial de su futuro valor no proceda directamente del ejercicio de la abogacía.

Según el artículo que ha publicado Impact Lawyers, algunos despachos de abogados se estarían planteando la posibilidad de abrir nuevos negocios; es más, algunos de los principales socios del despacho Freshfields han debatido la posibilidad de separar Freshfields Lab, su división de inteligencia artificial y tecnología jurídica, y convertirla en una empresa independiente.

Global IA

Entre las alternativas estudiadas aparecen la entrada de inversores externos e incluso una futura salida a bolsa. Las conversaciones se encuentran todavía en una fase inicial y no existe certeza de que la operación llegue a realizarse.

La noticia trascendió de una manera poco habitual: según Financial Times, un intercambio interno de correos electrónicos fue distribuido accidentalmente a un número mayor de destinatarios del previsto, dejando al descubierto unas reflexiones estratégicas que no estaban destinadas a hacerse públicas.

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Los participantes habrían señalado que algunas empresas de tecnología jurídica están alcanzando valoraciones equivalentes a entre 25 y 40 veces sus ingresos. En ese contexto, uno de los socios llegó a considerar que Freshfields Lab podría valer algún día miles de millones si se separara correctamente del despacho y consiguiera comercializar sus herramientas a gran escala. Se trata, por ahora, de una expectativa, no de una valoración acreditada ni de una operación acordada.

Despacho de abogados usando IA

(Imagen: E&J)

De la eficiencia interna al producto escalable

Freshfields Lab desarrolla herramientas para el análisis de documentos, la extracción de datos, la gestión de litigios, las revisiones legales y la colaboración en operaciones complejas. La propia firma explica que su laboratorio trabaja junto a los clientes para crear soluciones aplicables a investigaciones, reclamaciones masivas y procesos de due diligence en distintas jurisdicciones.

Hasta ahora, estas herramientas servían fundamentalmente para que los abogados trabajaran con mayor rapidez y para prestar un servicio mejor a los clientes. Pero la realidad económica cambia completamente si dejan de ser instrumentos internos y se convierten en productos que pueden venderse a departamentos jurídicos de empresas e incluso a otros despachos.

El abogado vende normalmente su tiempo, su experiencia y su criterio. Es un negocio prestigioso y rentable, pero difícil de escalar: para facturar mucho más suele necesitar más profesionales, más clientes o más horas. Un producto tecnológico funciona de otra manera. Una vez desarrollado, puede ser utilizado simultáneamente por miles de usuarios sin que su crecimiento exija multiplicar en la misma proporción el número de abogados.

Ahí se encuentra la verdadera oportunidad. Freshfields podría pasar de utilizar la inteligencia artificial para reducir el tiempo necesario en determinados trabajos a participar directamente en el valor empresarial creado por esa tecnología. Los socios no recibirían únicamente los beneficios anuales derivados de los honorarios, sino que podrían convertirse, directa o indirectamente, en propietarios de una compañía tecnológica con capacidad para atraer capital y crecer más allá de la propia firma.

Desafíos de independencia y competencia

La operación también plantea dificultades considerables. Habría que decidir quién es propietario del software, de los datos y del conocimiento utilizado para desarrollarlo. También sería necesario proteger la confidencialidad de los clientes, evitar conflictos de intereses y establecer límites claros entre la actividad jurídica del despacho y la actividad comercial de la nueva compañía.

La Bolsa

Tampoco resulta sencillo vender tecnología a otros bufetes cuando el creador continúa siendo uno de sus principales competidores. Un despacho rival puede admirar la herramienta y, al mismo tiempo, desconfiar de que sus datos o métodos de trabajo queden vinculados a dicha compañía. La independencia societaria tendría que ser real, no solamente formal.

Cierto es que una empresa tecnológica exige capacidades muy distintas de las necesarias para dirigir una firma jurídica. Necesita capital, equipos comerciales, atención continuada al usuario y una política de producto capaz de competir con compañías especializadas. Además, las elevadas valoraciones actuales de la inteligencia artificial no garantizan que todas estas empresas terminen siendo rentables.

Un cambio de paradigma para el sector

Pero la cuestión planteada por Freshfields va mucho más allá de un posible proyecto. Obliga a todos los despachos a preguntarse qué están construyendo con el conocimiento acumulado durante décadas.

La mayoría utiliza la tecnología para trabajar más deprisa y reducir costes. Las firmas verdaderamente transformadoras podrían comenzar a verla como una propiedad intelectual independiente: un activo susceptible de ser vendido, licenciado, financiado o separado del propio despacho.

Durante años se ha afirmado que la inteligencia artificial amenazaba con reducir los honorarios de los abogados.

El próximo gran negocio de un despacho quizá no consista en cobrar más por cada asunto. Puede consistir en construir algo que continúe generando ingresos cuando ningún abogado esté trabajando en él.

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