Ley y Justicia
“Una justicia universal que ampare a todos por igual”
(Imagen: E&J)
Ley y Justicia
“Una justicia universal que ampare a todos por igual”
(Imagen: E&J)
A nadie le puede extrañar que todo grupo social, de la dimensión que fuere, necesita organizar su existencia vital, dotándose de unas mínimas reglas de convivencia que regulen tanto su comportamiento personal como su trato con otros individuos de su mismo o diferente grupo.
Hasta en las sociedades más primitivas podemos comprobar esta afirmación. Sin una estructura básica que acote los límites en la conducta individual y colectiva es imposible la convivencia pacífica y organizada.
Aun cuando mi formación universitaria no es antropológica, sí que he sentido una viva curiosidad por la forma en que nuestros ancestros vivían y se organizaban. No en vano fueron el germen de nuestra sociedad actual.
Uno de los avances más significativos de los primeros homínidos fue, sin lugar a dudas, el descubrimiento del fuego. Supuso un avance sin precedentes en muchos aspectos. En primer lugar, posibilitó asar la comida obtenida de la caza, lo que supuso evitar infecciones de todo tipo derivadas de la ingesta de carne cruda, alargando la esperanza y calidad de vida.
Suscríbete a nuestra
NEWSLETTER
También comportó una fuente inestimable de calor en el interior de las cuevas, atemperando las gélidas temperaturas que hasta entonces padecían, llegando a dominar su manejo, transporte y producción, evitando que se extinguiera el fuego. Como han puesto de relieve los acreditados paleontólogos Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez, en su obra La especia elegida, la aparición de los neandertales y del homo sapiens vino acompañada de un aumento del volumen cerebral que originó un cambio en la alimentación, incorporándose a la dieta las proteínas y grasas animales en cantidades sustanciales.
De igual manera, contribuyó de manera decidida a fortalecer y afianzar las relaciones sociales. En torno a la hoguera es muy probable que, a través de la intercomunicación, se articularan las primeras palabras y expresiones, génesis del lenguaje hablado, y se facilitara, al calor del fuego, las primeras expresiones artísticas en forma de dibujos y grabados en las paredes de las cuevas. Fue el inicio de la razón, en su sentido más primigenio, si se quiere, pero, a fin de cuentas, ligada a la consciencia del propio ser. Ya Aristóteles llamó zoom logon ekhon, «animal dotado de logos«, esto es, de razón y habla, al hombre in genere.

(Imagen: E&J)
Ese primer estadio de socialización del hombre dio lugar a la necesidad de instaurar unas reglas de relación entre los diferentes miembros del grupo, como la división de tareas, la cohesión de sus miembros mediante la solidaridad, la confianza y el respeto mutuos, y la penalización de determinadas conductas que eran rechazadas de común. Se iniciaba, de este modo, el largo camino de la socialización de la especie.
Viene lo anterior a colación para acentuar el significado que las leyes, en su sentido no tanto espiritual como material y finalístico, han tenido históricamente en las sociedades. En los tiempos actuales a nadie se le pasa por la imaginación que un país viva al margen de la ley, sumido en el anarquismo, la intolerancia y el caos.
Me refiero, por cierto, a la ley en su aspecto positivo, como conducta de comportamiento de carácter coercitivo emanada del Estado, independientemente de cómo se organice éste, porque, ciertamente, dependerá del régimen concreto de cada país que esa misma ley sea respetuosa con la persona y los bienes, al derivar de una forma de gobierno inspirada en un Estado de Derecho, o, por el contrario, someta la voluntad del ciudadano a intereses particulares y personales, alejados del respeto a los derechos humanos, como sucede con los Estados dictatoriales.
También resulta necesario diferenciar la naturaleza de la ley, porque hay leyes naturales, físicas, químicas, divinas y hasta universales, pero de las que ahora trato son las humanas, las que nos dotamos para controlar nuestros impulsos más primarios para poder vivir en sociedad, una ley de carácter imperativo, que no sólo trasciende al individuo en su relación personal y social, sino también a los usos y costumbres en tanto que se trata de conductas guiadas por la razón.
La aspiración de la ley tiene, para algunos autores, dos tendencias: de un lado, la aspiración hacia la justicia, y de otro, el impulso para crear un orden de paz, donde los ciudadanos vivan tranquilos con la seguridad de sus derechos. Ley cuya aplicación ni puede ser voluntaria ni dejarse al arbitrio de las partes, pues otra cosa sería ceder ante el desorden y la arbitrariedad, aunque siempre debe dirigirse a perseguir el ideal de la justicia.

(Imagen: E&J)
Llegados a este punto, ¿qué debemos entender por justicia? La respuesta puede ser tan variada como posibles los supuestos a considerar, pues será distinta para quienes la sustenten en el derecho natural, en la teología cristiana o en la tesis marxista, por sólo poner tres ejemplos. Se atribuye a uno de los siete sabios de Grecia el dicho según el cual la Justicia consiste en dar a cual lo que le corresponde, pero tal pretensión tropieza con el interrogante de conocer qué es lo que deba corresponderle a cada uno de nosotros. Ni tan siquiera el célebre jurista vienés, Hans Kelsen, en su obra ¿Qué es Justicia?, supo dar acertada respuesta, limitándose a afirmar que ante la imposibilidad de una justicia absoluta, la justicia se encuentra en aquel orden social bajo cuya protección puede progresar la búsqueda de la verdad, en definitiva, es la libertad, la de la paz, la Justicia de la democracia, la Justicia de la tolerancia.
En estos tiempos convulsos que nos ha tocado vivir, cobra mayor relevancia la legalidad en las decisiones y acciones de los gobiernos, no tan solo a nivel nacional sino internacional, y quizás sea esa búsqueda de la justicia, que, recordemos, resulta intrínseca a cualquier ley, la que deba guiar nuestro comportamiento social, como es el caso de los cientos de miles de personas que huyen de sus países buscando la seguridad y la estabilidad de Europa, o de las que, sin posibilidad de poder emigrar, deben soportar situaciones humillantes de hambre, enfermedades, falta de escolarización o de explotación infantil y laboral.
Debe, pues, tenderse hacia una justicia universal que ampare a todos por igual, por encima de ideologías, naciones y de gobiernos. Puede que algún lector se cuestione si ya no existen organismos internacionales dedicados a tal fin, como la ONU, la OEA, la UNESCO o la OMS, y tribunales encargados de velar por los derechos humanos, como el Tribunal de Derechos Humanos, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, el Tribunal Internacional de Justicia o la Corte Penal Internacional. Pero la cuestión no estriba tanto en que ya operen dichos organismos sino en su grado de eficacia, medida por sus resultados.
Desafortunadamente, la cantidad no hace la calidad y en las ocasiones en que se han debido afrontar situaciones de riesgo social y excluyente, no siempre el resultado ha sido el esperado ni el deseado.
Puede que la definición de Justicia venga dada por la solidaridad, por el entendimiento, por la colaboración, por él ánimo de encontrar puntos de encuentro y soluciones, orillando los enfrentamientos, ante el firme deseo de sumar y no de restar.
Si como sentenció Charles-Louis de Secondat, barón de La Brède y de Montesquieu, en su inmortal obra El espíritu de las Leyes, «las reglas que determinan el comportamiento de los hombres no son permanentes ni absolutas, sino que surgen y son modificadas según los contextos históricos y culturales, los tipos de gobierno y el carácter de la sociedad», deberán los gobernantes hacer lo propio y adaptar las reglas del juego al nuevo contexto histórico que vivimos para logar una sociedad cada vez más justa, una sociedad donde la ley permita y ampare la convivencia entre todos.

