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El fin de las democracias: cuando la prosperidad empieza a importar más que la libertad política

China y otros regímenes autoritarios han descubierto que pueden adoptar el mercado sin aceptar la democracia; si Europa no recupera el crecimiento, millones de ciudadanos comenzarán a preguntarse para qué sirven sus “libertades”

Contraste ciudades

(Imagen: E&J)

Tiempo de lectura: 6 min

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El fin de las democracias: cuando la prosperidad empieza a importar más que la libertad política

China y otros regímenes autoritarios han descubierto que pueden adoptar el mercado sin aceptar la democracia; si Europa no recupera el crecimiento, millones de ciudadanos comenzarán a preguntarse para qué sirven sus “libertades”

Contraste ciudades

(Imagen: E&J)

Durante buena parte del siglo XX, las democracias occidentales contaron con un argumento difícilmente discutible: no solo ofrecían libertad política, pluralismo y derechos individuales, sino también una prosperidad muy superior a la alcanzada por los regímenes comunistas. La competición entre los dos sistemas parecía resolverse simultáneamente en el terreno moral y en el económico.

El comunismo fracasó. La planificación centralizada, la ausencia de propiedad privada, la falta de competencia y la sustitución del mercado por decisiones burocráticas terminaron provocando escasez, ineficiencia y atraso. La caída de la Unión Soviética convirtió aquel fracaso en una evidencia histórica.

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Occidente creyó entonces que había ganado definitivamente. Capitalismo y democracia parecían formar una unidad inseparable: allí donde llegara el mercado acabarían llegando también la libertad de expresión, las elecciones y el Estado de Derecho.

Pero la historia ha tomado un camino distinto.

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El pragmatismo autoritario de China

China comprendió que podía abandonar gran parte de la economía comunista sin renunciar al monopolio político del Partido Comunista. Permitió la iniciativa privada, abrió sus fábricas al comercio mundial, atrajo inversión extranjera y convirtió la competencia económica en el motor de una transformación extraordinaria.

Sin embargo, mantuvo intacto el control sobre las elecciones, los medios de comunicación, la crítica política y la organización de la sociedad.

No creó un capitalismo completamente libre, porque el Estado conserva una enorme capacidad de intervención sobre empresas, inversiones y sectores estratégicos. Creó algo probablemente más inquietante para las democracias: una economía de mercado subordinada al poder autoritario.

Una gran ciudad

(Imagen: E&J)

Esto niega, sin embargo, que ese poder se preocupe realmente por la prosperidad del país, aunque solo sea porque su propia estabilidad y continuidad dependen de ella. Y aquí aparece una ventaja operativa difícil de ignorar: un régimen que no está sometido a ciclos electorales puede proyectar decisiones industriales, infraestructuras y políticas educativas a veinte o treinta años.

En las democracias, por el contrario, demasiados gobiernos actúan condicionados por la siguiente elección, el próximo sondeo o la necesidad inmediata de conservar una coalición. El poder autoritario puede mirar a largo plazo porque no tiene que rendir cuentas en el corto; la democracia corre el riesgo de sacrificar el futuro para sobrevivir al presente.

El desafío a la legitimidad democrática

El resultado ha sido uno de los mayores procesos de crecimiento y reducción de la pobreza de la historia. China todavía no ha superado a Estados Unidos en PIB nominal ni en renta por habitante, pero sí es la mayor economía cuando se calcula el PIB en paridad de poder adquisitivo, ocupa una posición dominante en numerosas cadenas industriales y aporta una parte decisiva del crecimiento mundial.

El Banco Mundial continúa describiendo su transformación como una de las expansiones económicas más rápidas de la historia, aunque advierte ahora de problemas importantes, como el envejecimiento, la crisis inmobiliaria, la deuda y la menor productividad (Banco Mundial).

El mensaje que China transmite al mundo es formidable: para enriquecerse no es imprescindible convertirse en una democracia liberal.

Otros países han observado el modelo. Las monarquías del Golfo han combinado un poder político fuertemente concentrado con bajos impuestos, grandes infraestructuras, seguridad, servicios modernos y una creciente apertura a la inversión, el turismo y los negocios.

Rusia conserva formalmente algunas instituciones electorales, pero ha reducido radicalmente el pluralismo y las libertades políticas. India continúa siendo una democracia electoral y no debe confundirse con una dictadura, aunque muestra una concentración creciente del poder y un deterioro de determinados contrapesos institucionales.

Unión Europea

(Imagen: E&J)

Los modelos son distintos, pero comparten una intuición: una parte importante de la población puede aceptar una participación política limitada si recibe a cambio estabilidad, consumo, empleo, vivienda, educación para sus hijos y la esperanza de vivir mejor mañana.

Aquí comienza el verdadero problema para Europa.

La trampa de la regulación sin innovación

¿Qué valor atribuye un ciudadano a la libertad política cuando no puede emanciparse, comprar una vivienda, formar una familia o confiar en que sus hijos vivirán mejor? ¿Hasta qué punto continuará defendiendo un sistema que le permite criticar públicamente al Gobierno, pero que parece incapaz de resolver los problemas esenciales de su existencia?

La libertad de expresión importa. Poder votar importa. La independencia judicial importa. Poder sustituir pacíficamente a un gobernante importa muchísimo. Solo se comprende hasta qué punto cuando esas garantías desaparecen.

Pero la democracia comete un error peligroso cuando considera que la invocación abstracta de esos derechos basta para conservar indefinidamente la adhesión de los ciudadanos.

La realidad humana es otra. Las personas desean libertad, pero también quieren seguridad, prosperidad, una vivienda y un futuro para sus hijos. Cuando una democracia deja de proporcionar estas condiciones, su superioridad moral puede continuar intacta mientras su legitimidad social se deshace.

Las encuestas internacionales todavía muestran que la democracia representativa conserva un respaldo mayoritario. Un estudio de Pew Research Center realizado en 24 países situó en el 77% el apoyo medio a este sistema.

Sin embargo, aproximadamente una cuarta parte de los encuestados consideraba aceptable un Gobierno encabezado por un líder fuerte sin interferencias del Parlamento o de los tribunales. El apoyo a esta fórmula aumenta entre quienes poseen menores ingresos y se sienten menos representados (Pew Research Center).

Las democracias, por tanto, no están siendo derrotadas únicamente desde fuera. También pueden vaciarse desde dentro cuando sus ciudadanos pierden la confianza en su capacidad para actuar.

Plaza en una ciudad europea

(Imagen: E&J)

Europa constituye el ejemplo más preocupante. Continúa siendo uno de los mejores lugares del mundo para vivir, disfruta de una protección social desconocida en numerosos países y conserva un nivel de seguridad jurídica incomparable con el de muchos regímenes autoritarios. Sería absurdo negarlo.

Pero también sería absurdo ignorar su pérdida relativa de peso.

Europa crece menos, invierte menos en tecnología, transforma con enorme lentitud sus investigaciones en grandes empresas y dedica una parte cada vez mayor de su energía política a regular actividades que otros países están desarrollando.

El informe de Mario Draghi sobre la competitividad europea advierte de la brecha de productividad e innovación que separa a la Unión de Estados Unidos y China y de la necesidad de movilizar inversiones adicionales de una magnitud extraordinaria (Comisión Europea).

La regulación es necesaria. Protege al ciudadano, limita abusos y evita que el progreso tecnológico se construya destruyendo derechos. Pero regular lo que otros inventan no constituye una estrategia económica. Europa puede aprobar la legislación sobre inteligencia artificial más cuidadosa del mundo y, al mismo tiempo, descubrir que las principales plataformas, los modelos más avanzados, los centros de datos y el capital necesario para desarrollarlos se encuentran fuera de sus fronteras.

Una norma europea deja de ser un modelo mundial cuando el mundo ya no necesita el mercado europeo para prosperar.

Lo mismo sucede con el cambio climático. Europa debe cumplir su responsabilidad ambiental y no puede abandonar un problema que afecta al planeta entero. Pero ninguna política será sostenible si expulsa industria, encarece estructuralmente la energía y traslada la producción a países que contaminan más.

La virtud regulatoria que destruye la capacidad económica termina debilitando incluso la posibilidad de defender el medio ambiente.

mapa mundial con ciudades interconectadas

(Imagen: E&J)

El nuevo tablero del capitalismo global

Estados Unidos conserva fortalezas que Europa ha perdido: grandes universidades, capital, energía, tecnología, empresas globales y una capacidad extraordinaria para atraer talento. No está todavía fuera de la carrera; continúa siendo la primera potencia económica en términos nominales y el núcleo principal de la innovación tecnológica occidental. Pero también afronta polarización, deuda, desigualdad y una creciente desconfianza hacia sus instituciones.

La competición del siglo XXI ya no enfrenta al capitalismo democrático con el comunismo. Enfrenta a distintas versiones del capitalismo: una sometida a elecciones, tribunales, prensa libre y controles institucionales; otra dirigida por Estados autoritarios capaces de decidir con rapidez, concentrar recursos y ejecutar proyectos sin oposición política.

A primera vista, el segundo sistema parece más eficiente. No pierde años entre recursos, elecciones, cambios de Gobierno y debates parlamentarios. Puede construir ciudades, infraestructuras y sectores industriales mediante una decisión central.

Pero también es cierto que esa eficacia contiene un riesgo gigantesco. Donde no existe libertad política tampoco existe una verdadera garantía de las demás libertades. El ciudadano puede abrir una empresa, enriquecerse y consumir mientras el poder lo permita. Si no hay jueces verdaderamente independientes, prensa libre ni posibilidad de sustituir al gobernante, la propiedad y la libertad económica descansan finalmente sobre la voluntad del Estado.

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