El abogado total: la abogacía aumentada convierte la IA en una extensión de su criterio, y la universidad todavía no la enseña
Usada como asistente, la inteligencia artificial ahorra horas que luego se pierden comprobando; convertida en extensión fiable del criterio del abogado, cambia la profesión, y el grado y el máster de acceso tienen que reorientarse hacia ella
(Imagen: E&J)
El abogado total: la abogacía aumentada convierte la IA en una extensión de su criterio, y la universidad todavía no la enseña
Usada como asistente, la inteligencia artificial ahorra horas que luego se pierden comprobando; convertida en extensión fiable del criterio del abogado, cambia la profesión, y el grado y el máster de acceso tienen que reorientarse hacia ella
(Imagen: E&J)
Nunca la abogacía tuvo a su alcance una herramienta tan poderosa, y pocas veces ha desconfiado tanto de lo que tiene entre las manos. La inteligencia artificial redacta en segundos lo que antes ocupaba una tarde, resume expedientes que nadie terminaba de leer y propone argumentos con una soltura que intimida. Sin embargo, la mayoría de los abogados la utiliza con una mezcla de miedo y fe ciega que no conduce a ninguna parte. Esa paradoja tiene una salida, y conviene ponerle nombre desde el principio. Se llama abogacía aumentada, y descansa sobre una tesis sencilla de enunciar y exigente de cumplir. La abogacía ya no pertenece a quien más artículos recuerda, sino a quien sabe convertir la inteligencia artificial en una extensión fiable de sí mismo y de su criterio. Casi nadie enseña a hacerlo.
Los tribunales españoles ya han empezado a levantar acta del problema. La Sala Primera del Tribunal Constitucional, por unanimidad de sus seis magistrados, impuso mediante Acuerdo de 9 de septiembre de 2024 la sanción de apercibimiento al abogado que había firmado una demanda de amparo con pasajes entrecomillados de 19 sentencias del propio Tribunal que no existían, y ordenó dar traslado al Colegio de Abogados de Barcelona a efectos disciplinarios. El letrado atribuyó el desastre a una base de datos desconfigurada. La Sala respondió que, fuera cual fuese la causa, y citó expresamente el uso de la inteligencia artificial entre las posibles, el letrado es siempre responsable de revisar exhaustivamente todo lo que presenta. Cinco días antes, el 4 de septiembre de 2024, la Sala de lo Civil y Penal del Tribunal Superior de Justicia de Navarra había archivado sin sanción la pieza abierta contra un abogado cuya querella citaba como español un precepto del Código Penal de Colombia que le había facilitado ChatGPT. Lo archivó por la novedad de la materia y por las disculpas inmediatas del letrado, pero dejó escrito que el uso descuidado de estas tecnologías puede constituir mala fe procesal y abuso del proceso en los términos del artículo 247 de la Ley de Enjuiciamiento Civil.
Lo revelador de ambos episodios no es el error, sino la economía que lo explica. ¿Por qué tantos abogados siguen sin fiarse de una herramienta que les promete tiempo? Porque la usan para lo único que casi todo el mundo enseña, que es pedirle un borrador. Y así usada, para la mayoría la inteligencia artificial es más un problema que una solución, porque lo que ahorran redactando lo pierden comprobando.

(Imagen: E&J)
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Del borrador que hay que vigilar al sistema que razona como el abogado
El asistente es un pasante veloz y sin memoria del despacho. Entrega resúmenes, borradores y un primer escrito que hay que revisar línea a línea, porque nada de lo que dice está anclado en otra cosa que en la probabilidad estadística de que suene bien. Ahorra horas y las devuelve con intereses en forma de desconfianza. La extensión es otra cosa. Es un sistema que razona con el método de quien lo dirige (sus criterios de análisis, su forma de construir un recurso, su manera de medir un riesgo), que trabaja conectado a fuentes reales y no a la memoria de un modelo, que se verifica a sí mismo antes de entregar nada y que ejecuta tareas en cadena, de la lectura del expediente a la propuesta de estrategia, del cómputo del plazo al escrito que lo respeta. Un abogado que usa la IA como asistente ahorra horas. Uno que la convierte en extensión de sí mismo tiene, desde el primer día, el equipo de un despacho entero. Ese es el abogado total que la abogacía aumentada hace posible.
Marshall McLuhan llamó a los medios, en 1964, extensiones del hombre, y advirtió en ese mismo libro que toda extensión es también una forma de autoamputación. La advertencia vale para el Derecho con una precisión incómoda. La extensión que no se gobierna con método amputa el criterio, y eso es exactamente lo que describen las dos resoluciones citadas. La extensión fiable se sostiene sobre la verificación, nunca sobre la delegación del juicio, y la firma, con todo lo que compromete ante el cliente y ante el tribunal, sigue siendo del abogado. Y hay una consecuencia que suele pasarse por alto. Bien construido, ese sistema sirve también para aprender, porque permite adquirir en semanas un dominio operativo de una materia nueva que antes exigía años de aproximación, con cada consulta anclada en la norma, en la resolución y en el razonamiento que la conecta con el caso.
Un perfil de negocio, no una destreza técnica
Sería un error leer todo lo anterior como una cuestión de informática. El Derecho ya no se ejerce recitando artículos ni solo ideando demandas y recursos. Se ejerce con estrategia, con confianza y con la capacidad de transmitir seguridad a quien llega con un problema. El dominio real de la inteligencia artificial genera una seguridad profesional que se irradia, y se nota en la comunicación, en la imagen, en la relación con el cliente, en la apertura de nuevas líneas de negocio y en la detección de nichos que otros no ven porque no tienen tiempo de mirar. Vale para quien monta su propio despacho y para quien quiere destacar dentro de una firma o de un departamento jurídico de empresa. A ello se suma la automatización del trabajo que no es Derecho pero sostiene al Derecho (el control de plazos, los procesos internos, las finanzas, la captación de clientes), gobernada con la visión de una gran organización aunque detrás haya una sola persona.
Las grandes firmas afrontan su propia disyuntiva, y la afrontan con más recursos y más conciencia del reto que casi nadie. Están obligadas a generar nuevas líneas de negocio y a redefinir qué valor aporta un abogado cuando una parte del trabajo tradicional, la primera revisión documental, la búsqueda de precedentes o el borrador de base, la ejecuta una máquina. No es una cuestión de culpa sino de arquitectura. Necesitan perfiles que lleguen aportando lo que el equipo todavía no tiene, y ese perfil no se improvisa en el primer año de ejercicio.

(Imagen: E&J)
La universidad ante su propio examen
La mayoría de las facultades sigue formando para un ejercicio que ya no existe, centrado en la memoria y en el temario. La inteligencia artificial aparece como asignatura anecdótica, como amenaza que se describe o como prohibición en los exámenes, casi nunca como método. No es un reproche al profesorado, que trabaja con planes de estudio concebidos para otra época, sino al modelo. Formar para recordar, cuando recordar es precisamente lo que la máquina hace mejor, es preparar al estudiante para una competición que ya está perdida.
El grado debe asumir su parte introduciendo al estudiante en este uso de forma progresiva, con método, con verificación, con ética y con la responsabilidad profesional como hilo conductor, de modo que la inteligencia artificial deje de ser una tentación clandestina y se convierta en una disciplina. Pero la piedra angular es el máster de acceso. Es el último momento formativo antes de firmar escritos con el propio nombre, el lugar donde el alumno estará a pocos meses de ejercer y, por tanto, el lugar donde el perfil del abogado aumentado tiene que quedar construido. Esos nuevos abogados no son una moda generacional. Son el futuro de la profesión.
Durante dos siglos se dijo que el buen abogado era el que sabía dónde buscar. El abogado aumentado es el que sabe qué preguntar, a qué sistema encargárselo y cómo comprobar que la respuesta es cierta. La firma seguirá siendo suya. Por eso el método también tiene que serlo.
E&J School, junto con la Universidad Rey Juan Carlos y el Colegio de Abogados de Granollers, ha diseñado un doble máster de acceso a la abogacía construido sobre este concepto de abogacía aumentada.

